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17-03-2007
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La muralla de la sierra de Lokiz abriga el refugio de las Cuevas de Lana. Fotos Santiago Yaniz
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Escondrijos montañeros
las cuevas de lana, en la sierra navarra de lokiz, ofrecen al visitante un extraño paraje de lugares defensivos y rincones excavados en plena roca. Un trayecto difícil de recorrer que remite al pasado
Santiago Yaniz Aramendia
No nos cansamos de viajar al valle de Lana, a la ‘‘Rusia’’ de las tierras del Ega porque cada paso que damos desentrañamos una nueva historia de territorio, de gentes y de pueblos escondidos. Ahora volvemos para descubrir otra atalaya de vigilancia que ni siquiera han visitado muchos de los habitantes del valle, un escondrijo encaramado en un paraje de acceso difícil pero extraordinario y que permite además imaginar y sentir al tiempo que divisar de un vistazo la mitad del territorio de Nafarroa.

En plenas murallas de la sierra de Lokiz, dominando la localidad de Ulibarri, las cuevas de Lana se han identificado como uno de los espacios fortificados o de control que entre los siglos XIII y XIV fueron utilizados por el Reino de Navarra para su defensa. Y entre ellos los ha inventariado también el estudioso Iñaki Sagredo cuando ha investigado las defensas del reino por todo el territorio.

Vamos a encontrarlas en su escondite de roca mientras recorremos, no sin esfuerzo, lo más salvaje de estas montañas.

Debemos alcanzar la aldea de Ulibarri, ya ella misma encaramada en un costado del cerrado círculo del valle y atravesarla para buscar sobre las últimas casas la pista que asciende hacia la sierra. Es una pista de grava que traza una diagonal en la pendiente y seguiremos hasta una primera bifurcación en la que tomaremos el ramal de la izquierda; tras pasar una barrera canadiense encontraremos otra bifurcación en la que se tomará de nuevo el ramal que se desvía a la izquierda, ante un cartel que advierte de la existencia de Coto de Trufa. Siguiendo la pista principal en diagonal hacia el Noroeste remontaremos un tramo en pendiente y antes de que esta ceda veremos a la derecha una empinada pedrera que asciende hasta la base de la muralla calcárea. Ese es nuestro camino, perceptible incluso desde antes de llegar al pueblo.

La pedrera es de esas penosas en las que se da ‘‘un paso adelante y dos atrás’’ y pronto, si la tenacidad no nos acompaña, estaremos pensando dar media vuelta. No hay mejor camino ni siquiera alternativa. Buscando los rebordes de la pedrera, más consistentes y soportados todavía por el bosque, estamos obligados a subir por ella hasta la base de las paredes de roca que alcanzaremos bajo una gran grieta que fractura la muralla y bien visible desde abajo.

Los robles acompañan la ascensión mientras dominamos progresivamente el tapiz del Valle de Lana descubriendo que la sierra parece echarse encima.

En el pie de las paredes hay que girar a la derecha, buscando el paso entre algunos zarzales y el monte bajo que no es aquí muy cerrado. Apenas una senda se dibuja en algún tramo, pisada por el ganado. En breve estaremos bajo un riñón de roca y un muro que defiende el acceso a la cueva. Bordeando el riñón de roca por su costado derecho se encontrará el acceso más sencillo a una vira herbosa, en realidad un estrecho pasillo tallado en la roca y que ha sido tapizado por la vegetación y que da acceso a una plataforma herbosa de forma semicircular y que se convierte en un perfecto balcón sobre el valle. El acceso a la cueva está a la vista, también su boca, defendida por una pequeña muralla en la que es preciso trepar unos toscos escalones. No es fácil el tránsito; debe atravesarse un pasillo herboso elevado unos cinco metros sobre la base de la pared y luego escalar los escalones tapizados de arenilla. Sólo si se está seguro de poder retornar con seguridad, paso más arriesgado que el ascenso, se debe acceder a la cueva. Precisamente la dificultad del acceso debió ser uno de sus puntos fuertes para protegerse.

En el interior un recinto amplio se ofrece como un perfecto mirador del valle y aún más allá; domina todas las tierras del Ega hasta Valdeallin, también la Berrotza y en el confín más lejano despunta la pirámide del Moncayo. Ninguna duda sobre la utilidad como puesto de vigilancia.

En el interior la cavidad prolonga un pasillo que se ensancha en una bóveda comunicada con el exterior y avanza aún un tubo en galería cerca de una decena de metros. El suelo almacena detritus de tierra seca que no han sido excavados con seriedad pero en donde se han localizado restos de madera y clavos así como algunos fragmentos de cerámica.

Nada más se sabe de quién permaneció aquí ni con qué finalidad exacta pero el paraje bien vale el esfuerzo y la visita.
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