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Llanto por Inmaculada
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Antonio Álvarez Solís
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A mi edad, señora, se habla mucho con los muertos, que son exactamente los vivos cuya alma se confunde, se funde, con la libertad. Les pido consejo y suelen dármelo pleno y eficaz, con la discreción del susurro que llega como una sonrisa sutil, inocente y sabia. Les escucho con devoción porque han expulsado de su luz al pájaro oscuro de la concupiscencia, que es hidra de infinitos brazos. No tienen más bienes que el bien. Usted, señora, cuando ya había decidido irse hacia la dignidad y los médicos procedían a desconectarle el respirador -a la vida verdadera le sobran aparatos- me dejó una frase prendida en el aire limpio de contaminaciones: «Para ser libre tienes que luchar». Cuando los griegos inventaron la historia y el pensamiento solían labrar estas oraciones en el frontispicio de un templo. Es cierto que los luchadores no temen a la muerte. A la muerte se le teme si quedamos sin verdad. Ha ganado usted la batalla a la retórica que nos envilece. Cuando pensaba enviarle este billete tuve la duda si introducir el sustantivo "llanto" en el título. En principio me parecía facilón y desmeritado para tratar con usted, pero me dije que una emoción sin llanto es cosecha de secarral. Decidí, pues, hurtarme a la fealdad postmoderna y, como decía Berceo, "fer una prosa en román paladino". Una prosa como ramo de hierba amanecida con violeta. Ahora se ha levantado la algarabía en torno a lo que ha hecho usted: ¿será eutanasia activa o será eutanasia pasiva? Fíjese qué entretenimiento de sofística hueca. Lo importante es que usted decidió primar la libertad que hermosea en vez de permanecer en la destrucción patológica. Usted, Inmaculada, ha desmentido a los que ponen puertas al campo de la libertad no para construir un hogar a la razón sino para que la liberación no se extienda y pueda agujerear la granja en que nos tienen estabulados. En definitiva, usted ha vencido a la muerte inutilizando su miserable y final mandoble. Gracias. |
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