Ya lo tengo escrito aquí: el alcalde de mi pueblo tiene mucha ilustración. Tal vez no sepa tocar el txistu, ni un poco el acordeón, pero sin duda es el mejor especialista del mundo en efectos especiales. Nadie como Iñaki Azkuna sabe convertir un supuesto error de su gestión en un problema público, más tarde en un conflicto del ayuntamiento con un enemigo engolado y, por fin, en una lucha de la Villa contra un divo muy pesetero, una contienda casi ética en la que él, por supuesto, dirige con orgullo nuestra caballería. He ahí la genialidad: una posible mácula marrón en su campaña electoral deviene con el tiempo beneficio y abono. La mejor defensa, lo entiende cualquiera, es el ataque.
Lo último de nuestro melómano general es que los cuadros de Goya son arte y los puentes, en cambio, son para que pase la gente. La sentencia tiene su punto de impepinable verdad y su corona de irremediable populismo. También tiene su fondo de falsedad o amnesia. Uno no tiene muy claro qué es el arte. Albert Oehlen se pintó a sí mismo en 1984 con los calzoncillos sembrados de palominos, así que usted dirá. Para José María Cruz Novillo la diferencia entre el artesano y el artista es que el primero es el arquero que tensa el arco, dispara a la diana e intenta dar en el centro, en el punto amarillo, mientras que el segundo tensa el arco, dispara, y donde clava la flecha dibuja luego dicho punto. Si para construir un puente en lugar de llamar al artesano de guardia se lo encargan al artista de turno, huelga la queja del hombre práctico. Y es que el Zubi-Zuri no se hizo sólo para que los peatones salvaran la Ría. Si así fuera bastaría leer la factura de Calatrava para denunciar al ayuntamiento por despilfarro.
Conste, y también lo he escrito aquí, que el alcalde tiene derecho a mejorar la calidad de vida de los paisanos en detrimento de las obras de arte, de igual modo que tiene derecho a embellecer la ciudad con esas obras aunque el maquillaje nos cueste a doblón. Lo que no cabe es negar a posteriori una apuesta artística que a veces sale rana. Sólo un equilibrista es capaz de sostener que contrató a ese arquitecto para que diseñara una estructura puramente funcional. Para eso nos sobran artesanos muy duchos por estos pagos. Lo que falta es una pizca de humildad y generosa autocrítica. Roger Wolfe tiene un poema titulado "Menuda cagada" en el que habla sin rubor de sus fallos. Kiko Veneno confiesa su identificación con el verdecillo, un pájaro que canta fatal pero con entusiasta voluntad. Nosotros, de Bilbao.
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