 |
|
|
 |
El bermeotarra Gonzalo Kortazar aprendió el oficio de carpintero de la mano de su padre, con sólo 14 años. I.F. |
|
|
|
El último trabajo de un artesano
|
El puerto de bermeo acogió ayer la botadura de una embarcación de bajura de los siglos XVIII y XIX Gonzalo Kortazar ha dedicado la mayor parte de su vida a construir embarcaciones de madera al estilo tradicional en su astillero de ribera de Bermeo. Ayer cerró su larga trayectoria profesional con su obra final: el "San Andrés y Ánimas"
|
 |
|
Imanol Fradua Bermeo
|
 |
Los materiales modernos vencieron hace ya algunas décadas a la madera en la construcción de embarcaciones de bajura. Menor coste de producción y mayor vida en el agua. La tecnología moderna al servicio de los arrantzales acapara la inmensa mayoría de los encargos, aunque todavía resisten algunos románticos que prefieren el estilo tradicional. El de toda la vida.
Uno de ellos es Gonzalo Kortazar, que desde los 14 años ha elaborado embarcaciones de madera en su astillero de ribera situado en la zona de Frantxua, en Bermeo. «En total son 53 años de actividad», cita Kortazar, que enumera «en unos dos centenares» los trabajos cumplidos durante su dilatada trayectoria profesional que ayer cerró con broche de oro con la botadura del potín "San Andrés y Ánimas".
Encargo de los armadores Ramón y Enrique Damborenea, el pesquero de bajura tradicional pudo incluso surcar las aguas de la dársena de Bermeo como lo hacían los "potines" o "badeikos" que poblaban los muelles de los puertos vascos 300 años atrás. No en vano, está construido de manera «totalmente artesanal», a imagen y semejanza de aquellos de los siglos XVIII y XIX. Una reliquia de siete metros de eslora y 1,95 de manga tripulado por ocho arrantzales y una superficie de vela de unos treinta metros cuadrados.
Tan satisfecho por su obra como se mostraron los armadores, Kortazar reconoce que guarda cariño al "San Andrés y Ánimas" «porque si no llega a ser por los Damborenea no habría actividad». El potín es la última de las embarcaciones fabricadas por el astillero Kortazar, que tras comenzar su actividad en 1941 de la mano de su padre, no continuará con su actividad. La cadena de trasmisión se detiene, por lo tanto. «Antes incluso llegamos a ser siete trabajadores en el astillero, aunque tampoco se hacían muchos barcos de estas características. Y los últimos años he estado yo solo», espeta.
Durante sus largos años de trabajo ha realizado multitud de encargos, entre los que el artesano destaca «el gasolino -llamado Ondar-Alai- que une Mundaka con la playa de Laida» por sus especiales características, y que actualmente sigue prestando servicio en verano. «Hemos llegado a construir incluso merluceras de dieciséis metros en el pasado» señala, aunque no vislumbra un futuro cercano muy esperanzador para este sector tan apegado a la tradición.
Laborioso proceso
«Lo principal» a la hora de fabricar las embarcaciones es «plasmar las ideas generales en un croquis», y tras trabajar en el plano, fundamental para marcar las líneas del navío, sólo resta ponerse manos a la obra en el «laborioso» proceso de creación. «Todas las piezas tienen su dificultad y en todas tienes que poner tu interés» recalca Kortazar, «contrariado» por el escaso interés que acaparan los materiales de carácter tradicional.
La última creación del artesano descansará en Bermeo hasta ser trasladado a Sukarrieta durante el próximo verano, donde a partir de entonces surcará las aguas con un pie en el pasado. |
|