|
|
|
ES POSIBLE
|
 |
|
Patxi Aizpitarte
|
 |
SUENA EL DESPERTADOR. Conectamos la radio. Más tarde echamos una ojeada al periódico. La vida en titulares: unas pocas palabras que engullimos en unos pocos segundos nos remiten a una la realidad compleja y llena de matices. Sirva de ejemplo la pacificación cuyas noticias llegan rápidas, mientras se va haciendo real lenta y trabajosamente. En toda persona, en todo grupo puede arraigar el conflicto. Pero también anida el anhelo de paz y reconciliación. Queremos hallar la paz en nuestro propio corazón; deseamos hacer las paces con quien nos hemos enfadado y enemistado, o con las partes con las que nos hemos enfrentado. ¿Es ello posible en el caso de un conflicto desgarrador? La paz es una lucha diaria, como señala el Cardenal de Ezpeleta R. Etchegaray. O como dice la voz del poeta A. Salamero, «bakezaleenak ere bere baitan bizi du bere gerra» -hasta el más pacifista vive su propia guerra en su interior-. A su vez, la reconciliación es siempre un ejercicio costoso, largo, continuado. Pero es posible. No viene de fuera. Pasa por el interior de cada uno de nosotros. Decía Juan XXIII que «la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada persona». Para los cristianos la paz no consiste sólo en una opción política, algo social, sino que es, en primer lugar, una realidad personal. La persona que quiere seguir a Jesús de Nazaret está llamada a ser primero pacífica para después pasar a ser pacifista, a ser pacificada para luego ser pacificadora. Creemos los cristianos que extraer del pozo del odio una gota de paz, es algo más que pura obra humana. Ahí interviene la energía de Dios. Nosotros solos no podemos liberarnos y salir renovados a fuerza de puños y de voluntad de hierro de una realidad, personal o comunitaria, de violencia contra nuestro ser. Creemos que la reconciliación y la pacificación son obra de Dios. De su amor que sólo quiere el bien de los suyos -nosotros, su creación-, cuyo Espíritu se pone "manos a la obra" para que, en medio de la vida violentada y herida, vayan resurgiendo la mujer y el hombre nuevos, reconciliados, y pueblos pacificados. No se trata, sin embargo, de restar responsabilidad a la acción humana. La acción divina no es ningún fenómeno prodigioso que acontezca al margen de la acción humana, sino que se realiza ‘‘en’’ y ‘‘a través’’ de esta. Resulta esclarecedor el testimonio de A. Riccardi: «Lo que ha movido a la Comunidad de San Egidio a comprometerse en el trabajo por la paz, ha sido descubrir las energías que brotan de una fe viva». Pensamos que la reconciliación tiene más de espiritualidad que de estrategia, aunque es necesario que exista una relación y equilibrio entre ambas. En este punto, la Iglesia quiere seguir aportando en nuestro pueblo su servicio específico por medio de la oración, que no significa una actitud pasiva ante el doble reto de la pacificación-reconciliación, sino una actitud de acogida activa del deseo de paz. Es por ello que en tiempo de Cuaresma queremos vivir la conversión de nuestros corazones en un encuentro de Oración por la Paz. Porque deseamos y tratamos buscar una convivencia en el respeto y aceptación mutua, queremos decir todos juntos las palabras de B. Gandiaga: «Denon artean egin dezagun guztiontzako bakea, / bertatik kanpo inor utziko ez duen bake-legea, / bake horretan bakoitzak ikus ahal dezan bere partea, / ahal dezan bere partea eta ahal dezan bere tartea, / bakean dezan aurrerapena, bakean gozabidea».
Patxi Aizpitarte, Vicario General de San Sebastián |
|