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18-03-2007
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Fabricio de Potestad
Cuando vine a Pamplona para quedarme a vivir, soy donostiarra, el paisaje político de la derecha -casi no había otra cosa- estaba compuesto por señores de bigotillo nazi de esos que beben whisky perfumado de Chanel, opusdeistas, modernos en las formas y muy reaccionarios en sus decisiones, y franquistas algo agresivos, pero cristianos. Yo venía de leer a Sartre y de buscar el tiempo que perdió Proust. Y en ese plan. Había poca izquierda, más de noche que de día. Los sindicatos eran verticales o de cualquier otra orientación, menos horizontal. Ese mismo año, el precursor de la eutanasia, Franco, murió en la cama, desenchufado por el marqués de Villaverde del aparato que lo mantenía artificialmente con vida. Hoy, años más tarde, hay como una nostalgia errática y prolongada respecto de aquel hombre y sus malévolas perpetraciones. Y eso que no tenía cultura ni nunca tuvo biblioteca. Más de lo mismo. Simple y peligrosa aliteración.

Lo cierto es que a la derecha le falta sentido de la realidad, que no es otra cosa sino indiferencia hacia la democracia. Están decididos a encarrilar la sociedad y a decidir España, la suya: la una, grande y libre. Por eso, a la extemporánea imagen de esa multitud fanfarrona de señores de traje y corbata arremetiendo sistemáticamente contra el gobierno, a ese relente de ejército fantasmal que concurre, al amparo de ciertas alegorías preconstitucionales, a manifestarse insistentemente para mantener un poder que considera suyo, sólo le falta repetir aquél desafortunado ¡viva la muerte! que gritó furibundo un general lisiado ante un indignado Unamuno, Millán Astray, cuya discapacidad no tenía la grandeza de la invalidez de Cervantes. Sabido es que los que consumen ideología conservadora son como los que consumen vermut seco, una minoría. El resto va de recental, a cosa hecha, al grito pelado del líder caudillista. La vulgaridad siempre hace mucho bulto.

El PP, lo más radical del nacionalcatolicismo -ese que se dedica a la fabricación de santos prê-à-porter-, lo peor del fascismo rampante y los medios de comunicación incondicionales han puesto la democracia en el ojo del huracán. Es tal la virulencia retrofranquista, tal la constante soflama insultante y provocativa que impera en el PP y en UPN contra la izquierda y contra el nacionalismo que la convivencia pacífica amenaza quiebra. Y es que la crispación sistemática alimenta el enfrentamiento e interfiere gravemente en el buen funcionamiento de la democracia, ese sin fin de vapores bienolientes y amanecidos de un nuevo sistema de respirar y no sólo de vivir o de gobernar. Pero la derecha siempre trabaja a favor de los de los suyos y procura el triunfo de los más fuertes o los más inmorales mientras los pobres comen de su hambre. El país le trae sin cuidado: el poder es lo que le mola. Nos seguirá dando baños de españolismo aburrido, satisfecho, mediocre y al borde de la ordinariez. Y es que la derecha es española hasta las cejas, católica hasta las cejas, patriota hasta las cejas, y muchas cosas más hasta las cejas. Por eso viven perpetuamente en encendidas querellas políticas mientras mantienen un vertiginoso equilibrio entre la severidad de sus creencias religiosas y toda clase de frivolidades. De la mentira ha hecho una virtud. El PP que no ha superado sus mezquindades de guerra civil, ha trasmutado su derrota electoral en rencor eterno. Y de ese rencor se alimenta el nuevo ejército de falanges, que ha convertido el odio en el discurso de media España. Mientras, la Iglesia se haya vuelta toda ella de perfil, pues puede obtener sustanciosos privilegios de esta nueva cruzada.

En fin, en una de esas tediosas alocuciones preelectorales, algún político nostálgico insistirá en poner, de nuevo, fecha a la muerte, cosa que tuvo durante toda la dictadura. Pero para los progresistas ningún hombre, por miserable y depravado que sea, se merece la muerte. Nadie tiene por qué morir la víspera, quiero decir que a nadie le va, que no le sienta, que no encaja en esta democracia, pese a que fluye convulsa de turbador cinismo y de espantable crispación. Creo que me entienden. No en vano el humanismo progresista celebra la dignidad y el valor de ser humano por encima de cualquier otra consideración.

En fin, España ya no es una fiesta, cosa que nunca escribió Hemingway. Vamos, que si el Padre Llanos, aquel jesuita comunista tocado con una boina a lo Che Guevara, levantara la cabeza, arremetería indignado contra esa consciente y voluntaria intromisión de la derecha en el fascismo. Y es que la derecha está asfixiando la democracia.

Fabricio de Potestad Menéndez, ex concejal del Ayuntamiento de Pamplona.
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