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Aficionados del Athletic muestran su desesperación tras uno de los goles de Osasuna. |
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El Athletic insiste en lanzarse al vacío de la Segunda
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San Mamés despide con pañuelos e insultos a los leones, que fueron goleados y puestos en evidencia por un Osasuna serio y eficaz
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CUANDO IZQUIERDO hizo el 0-3, minuto 72, ni el más forofo de los hinchas del Athletic osó soñar con volver a vivir otra noche mágica como aquella del 22 de enero de 2005 en la que los leones remontaron tres goles de Osasuna para acabar ganando el partido por 4-3. Aquello ocurrió hace dos años, pero parecen haber pasado dos siglos. Cualquier parecido entre aquel Athletic y el actual es pura coincidencia. Todo ha cambiado: el entrenador, el presidente, el clima social... Muchos futbolistas son los mismos, sí, pero nadie lo diría, si acaso la prueba del ADN; otros faltan, pues están lesionados o fueron traspasados, y Mané se acordaba ayer de los primeros al tratar de explicar la derrota, algo que no había hecho hasta la fecha y que podría interpretarse como la primera señal de debilidad (o quizás desesperación) en el técnico de Balmaseda. Por cambiar, parecen haber mutado hasta los que siempre fueron los grandes valores de este club centenario, las tres cualidades que le convirtieron en un caso único en la historia del fútbol mundial, según "L´Equipe": la comunión entre el equipo y su afición; el orgullo y la responsabilidad que conlleva el privilegio de vestir la camisola rojiblanca; y una determinación absoluta para suplir con esfuerzo, entrega y raza cualquier limitación derivada de su particular filosofía. Hace dos años, el Athletic era eso, un equipo limitado pero reconocible, con sus virtudes y sus defectos, pero era un equipo indomable que no conocía la palabra rendición; a día de hoy, nadie sabe qué es el Athletic, sólo en qué dirección camina: la del abismo, la del desastre, la de la ignominia, la de su primer descenso a la Segunda División.
Puede sonar a exagerado, pero los diez minutos del partido de ayer ilustraron el drama que se masca ya en Bilbao: sobre el césped, un equipo rendido y entregado, más dedicado a protestar y a dar patadas que a maquillar una goleada humillante; en las gradas, una afición enojada con los mismos jugadores a los que había animado, mimado y alentado hora y media antes («Menos millones y más cojones», volvió a escucharse en San Mamés) y contrariada con una Junta Directiva a la que más de uno se volvió ayer en busca de explicaciones, también en demanda de alguna que otra cabeza, sin que quedara muy claro la de quién. El flamear de pañuelos blancos que despidió a los leones no obedecía a ninguna iniciativa del club, sino al profundísimo dolor que martiriza a una hinchada ejemplar que observa horrorizada cómo su equipo, su Athletic, se empeña en asomarse al abismo del desastre sin que nadie parezca capaz de evitarlo. El drama se ha instalado ya en Bilbao y no se marchará en una buena temporada, si es que lo hace.
Sin capacidad de reacción
Pese a que el horario (al fin un sábado por la noche), el escenario (un San Mamés atestado de aficionados en ebullición anímica) y la necesidad de puntos (absoluta) invitaban a la épica, a que los leones se liaran la manta a la cabeza y se lanzaran a un ataque frenético; Mané planteó un partido más racional que visceral. Sabe el de Balmaseda que su equipo no está para muchos trotes, y que la más ligera brisa contraria lastra a sus futbolistas como el más furioso de los huracanes. Por eso optó por alinear un solo delantero, Aduriz, y por dibujar el 4-2-3-1 que tanta solidez había aportado al equipos en los primeros partidos del técnico encartado, los del "efecto Mané", que ya se ha evaporado.
Pese al día y a la hora, el Athletic salió muy sobrio, quizás demasiado. Aun así, el punto de tensión que le aportó su hinchada dio lugar a una interesante mezcla de raza y cerebro. Como Osasuna salió a dejarse querer, pues el empate le venía que ni pintado, el balón era del Athletic, sí, pero los de Mané no se volvían locos. Pareció que la lección recibida ante el Nàstic, la que explica que los partidos duran 90 minutos, la tenían bien aprendida los leones. No hacía alardes el Athletic, pero la cosa no tenía mala pinta. Amenazó Aduriz a los dos minutos, su cabezazo se fue fuera.
Pese a un buen susto en forma de gol anulado a Soldado, el partido era de un Athletic tan sobrio en la destrucción como rácano en la creación: un chut lejano de Iturriaga, que casi sorprende a Ricardo, fue todo su bagaje. Fue entonces, cuando más cómodo se sentían los locales, cuando llegó la jugada que decidió el partido. Soldado se dejó caer en un forcejeo con Amorebieta y Clos Gómez, el árbitro más anticasero del campeonato (cinco penas máximas ha cobrado este año, todas a favor del equipo visitante), pitaba penalti. Iñaki Muñoz no sólo hizo gol, sino que mató a los leones. Agobiado como está, superado por la situación como se siente, aprisionado como se ve entre su glorioso e inmaculado pasado y su dramático presente; el Athletic se desintegró. Si hay un equipo en el mundo incapaz de sobreponerse a un contratiempo, ése es el de Mané. Cada vez que el rival ha tomado la delantera en lo que va de campaña, y han sido muchísimas, los leones sólo han sido capaces de rescatar dos puntos, en Mestalla y en Balaídos. En San Mamés, ni eso.
Otro mazazo nada más empezar
Llegaba el Athletic al descanso con la sensación de no haber hecho nada para merecerse aquello, pero con el consuelo de que restaban 45 minutos para remontar, como aquella noche de enero de 2005. De hecho, Mané no modificó su once, de lo que se deduce que confiaba en él. Pero un nuevo golpe, el de gracia, aguardaba a los leones a la vuelta de la esquina. A los dos minutos, un balón aéreo mal despejado por Amorebieta hacia el borde del área era cazado por David López, más solo que la una, para enganchar un zapatazo que significaba el 0-2 y que certificaba la defunción del Athletic.
De nada sirvió que Mané diera entrada a Garmendia y a Urzaiz. Aparte de un minuto eléctrico, en el que tembló La Catedral al rozar el Athletic el 1-2 con un buen centro de Yeste que sacó un defensa y con otro cabezazo de Javi Martínez que despejaron entre Ricardo y el larguero; nada más hicieron los de Mané, salvo protestar las decisiones del pésimo árbitro aragonés, desesperar a su afición, vagar como alma en pena por La Catedral, asistir inmóviles al tercer gol osasunista, obra de Izquierdo, o autoexpulsarse en un ejercicio de frustración e irresponsabilidad, como Aduriz.
Explotó entonces San Mamés, que asistió a otro episodio de lo que amenaza con degenerar, antes o después, en el divorcio definitivo entre equipo y afición, que sería lo más grave de todo, pues en el preciso instante en que su hinchada le dé la espalda, el Athletic será carne de Segunda... si no lo es ya. |
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