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La suerte de vivir en Euskadi
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Iker Merodio
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Como sobre cualquier teoría, se puede discutir sobre la naturaleza de los conflictos, sus elementos, sus fases, y la terminología que se va a emplear en su descripción. Pero si en algo coinciden todos los autores es en que nunca aparecen de un modo aislado, sino que son originados por otros y que, a su vez, es muy probable que sigan generando más. De este modo, la serie de manifestaciones, declaraciones, acusaciones y el aumento de la tensión que dominan la actualidad política en España (y no tanto en la Comunidad Autónoma Vasca), son un conflicto en el que se pueden encontrar los tres elementos básicos: unos actores (Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero), el propio conflicto (la conveniencia de una política antiterrorista sobre otra) y las propuestas de resolución (la del PP, que Rajoy sea el próximo presidente del Gobierno; y la del PSOE, que las elecciones municipales frenen la ofensiva de la derecha española). Y además, porque proviene de un conflicto previo (de doble naturaleza: política y violenta) y porque, seguramente, origine otros. Eso sí, en esta ocasión el foco de emisión no es Euskadi, y eso supone dos cosas: por un lado, un agradecido descenso del volumen de trabajo para los estudios de comunicación de conflicto vasco; y por otro, la posibilidad de probar esa metodología en otros contextos. Empezando por los discursos, si el de José Luis Rodríguez Zapatero tiene fallos, el de Mariano Rajoy no resiste ningún tipo de análisis medianamente serio. El presidente del Partido Popular insiste en dos ideas muy poco originales: los otros empeoran las cosas, y sólo nosotros podemos reconducirlas. Exactamente el mismo punto de partida que derivó en el golpe de Estado y posterior guerra civil de 1936. Por otro lado, un repaso videográfico permite constatar que, desde el incendiario pleno en el Congreso de los Diputados después de que ETA matara a Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, Mariano Rajoy apenas ha establecido diálogo salvo alguna pregunta parlamentaria. El gallego se ha limitado a arengar a las masas después de cada manifestación multitudinaria, sin que nadie tuviera la oportunidad de responderle en el mismo momento y lugar. A todo esto, con lo poco que ha dicho se ha podido llegar a una conclusión muy importante: que su enemigo en ningún caso es ETA, ni Iñaki de Juana, ni el nacionalismo vasco, sino José Luis Rodríguez Zapatero. El mismo cuyo gabinete ha pasado de defenderse con los ojos cerrados, como los púgiles novatos, a comenzar a entender de qué va todo esto. El PSOE ha diseñado una estrategia muy parecida a la que usó con éxito el PNV en la campaña de 2001, aquella con Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros unidos contra Juan José Ibarretxe: ante un discurso negativo, una respuesta positiva. Pero hay una diferencia entre ambas: el partido nacionalista se mostraba en las antípodas de aquella extraña pareja no sólo en el mensaje, también en las formas. Y estas semanas José Luis Rodríguez Zapatero ha tenido una actividad tan frenética como la del líder del PP. Pese a los errores (acabarán por dosificar los actos de acción positiva), en Ferraz comprenden tres aspectos que en Génova no quieren tener en cuenta: que con la tensión rara vez se ganan elecciones; que si pese a todo se ganan, no se puede gobernar después de haber despreciado a todos los sectores de la oposición; y que los extraños compañeros de fatigas luego pasan facturas dolorosas, y el PP ha preferido movilizar al máximo número posible de personas sin tener en cuenta quiénes eran. Parece claro que este nuevo conflicto centralizado volverá a Euskadi cuando el PSOE materialice su previsible favor hacia Batasuna, con un único objetivo: debilitar al PNV en las elecciones municipales. El abandono momentáneo del País Vasco se puede observar en el trato que reciben los líderes autonómicos de estos dos partidos mayoritarios en el Estado: María San Gil no pasa de ser una figura que se dedica a bailar y gritar en las manifestaciones a la derecha de Rajoy (con dudoso beneficio para la imagen de la guipuzcoana), y Patxi López es, a su vez, lo que Sunzi, hace 2.500 años en el Arte de la Guerra, llamaba un agente sacrificable: aquel que devorará el enemigo y que sólo porta información falsa con el objetivo de confundir, en este caso, a los votantes vascos. El filósofo francés André Glucskmann avisaba de que "cuando la guerra se torna espiritual no significa que el espíritu modere la guerra, sino que él mismo se torna cada vez más profundamente guerrero". Y hay que exigir responsabilidad a quien no hace otra cosa que inducir al conflicto y, sobre todo, lo aviva usando unos medios absolutamente reprobables.
Iker Merodio es experto en comunicación de conflicto |
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