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Koldo Fernández de Larrea busca ahora brillar en las clásicas del norte. José Mari Martínez |
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«A la Milán-San Remo volveré para disputar»
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Koldo Fernández de Larrea describe su experiencia en su primera "Classicissima"
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Alain Laiseka Durango
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Dicen que Bettini, Paolo, el actual campeón del mundo, el arco-iris inmaculado, podría subir el Poggio con los ojos vendados. Adora la Milán-San Remo. Se conoce al dedillo la "tachuela" donde año tras año se decide la "Classicissima", hasta el punto de controlar incluso a los fotógrafos; "El Grillo" sabe con exactitud cuál es la curva preferida de los "paparazzi", en la que se apostan para inmortalizar el esfuerzo de quien, minutos más tarde, levantará los brazos en la Vía Roma. ¿Para qué le sirve saber eso? Curioso: para ponerse a rebufo de las motos mientras disparan, a la carrera, sus flashes; para robarles una pizca de aire, el que le falta a sus pulmones, y volar hacia San Remo. Justo antes de esa curva arrancó en 2003 para anotarse su primera Milán-San Remo. La única. Una curva, una finura; suficiente para decidir una carrera que se pierde en los detalles. Cada año, en cada participación, se aprende uno. Los ciclistas que sueñan con ganarla algún día los guardan en una cajita y la abren un año después, a primera hora de la mañana, en la habitación del hotel, antes de plantarse en la plaza de la catedral de Milán. Allí se presentó el sábado el alavés Koldo Fernández de Larrea. Sin cajita. Sin decálogo de detalles a tener en cuenta. Sin escarmiento. Pero favorito, por detrás de los grandes, claro, pero en las quinielas tras su victoria en la última etapa de la Tirreno-Adriático. El de Zurbano relata su experiencia en la primera participación en la Milán-San Remo, la del centenario, en la que finalizó 41º a tres segundos de Freire, y a la que el próximo año promete volver para disputar: «Ganar es difícil, pero me veo con opciones».
Los preámbulos Consigna: guardar todo hasta el final «¿Eres favorito y ni siquiera corriste el año pasado?». Sorprendido. Fran Ventoso se había acercado esa mañana a Koldo Fernández de Larrea para felicitarle por su victoria en la última etapa de la Tirreno-Adriático. Su estreno en profesionales había sido sonado: al sprint por delante de los mejores velocistas del mundo, O’Grady, McEwen, Hushovd, Allan Davis, Petacchi... Casi nada. Una victoria de ese calibre a cuatro días de la Milán-San Remo le puso en el disparadero. Le colocaron la etiqueta: contaba en las apuestas, era favorito. «Claro que iba con ilusión y por eso, después de ganar en la Tirreno desconecté el móvil unos días. No quería relajarme, buscaba mantener la tensión con la que llegué a Italia», explica Koldo. El de Euskaltel-Euskadi escuchó también la voz de la experiencia, la del ermuarra Pedro Horrillo. Cinco palabras: «Guarda todo lo que tengas».
En carrera Aitor Hernández en la fuga; Koldo entre algodones Jon Odriozola apostó todo a Koldo Fernández de Larrea. A ganador. En la primera parte de la carrera Aitor Hernández, Aketza Peña, Antton Luengo y Mayoz tenían que estar atentos a los cortes mientras Unai Etxebarria, Beñat Albizuri y Koldo se reservaban para el final. «Todo salió perfecto. Aitor se metió en la fuga y a mí no me faltó de nada en ningún momento. Jon (Odriozola) no paraba de repetirme que cogiese la rueda de Freire, que no la perdiese por nada. En Turchino apenas gasté fuerzas; íbamos bien colocados y Beñat y yo aceleramos un poco en la cima para colocarnos bien de cara al descenso, para evitar sorpresas».
La Cipressa Empieza un sprint de setenta kilómetros «La verdadera Milán-San Remo comienza en el kilómetro 230. Ahí se desata una guerra de nervios exagerada. La tensión que se vive antes de la Cipressa para coger posiciones no es normal. No hay ninguna carrera igual en ese sentido. Es un sprint continuo que se prolonga hasta la meta, cerca de 70 kilómetros. Es impresionante. Para los italianos la Milán-San Remo es como un Mundial», sostiene el alavés. El paso por la Cipressa no deparó sorpresas. Koldo seguía el guión: sin gastar, atento, bien colocado. Odriozola insistía desde el coche: «A rueda de Freire».
El Poggio Un pequeño fallo, adiós a la carrera «Hasta el Poggio creo que había hecho una carrera perfecta». En las rampas del pequeño coloso, un balcón sobre el Mediterráneo, Koldo cedió al chantaje del agotamiento. Se descentró. Olvidó su consigna. La rueda de Freire voló hacia la cabeza. El de Zurbano dudó entre seguir al cántabro o resguardarse, al abrigo del pelotón. Opto por los segundo. «Me equivoqué. Creí que estaría mejor en el grupo sin que me diese el aire, pero fue un error. Fui demasiado conservador. Ahora sé que en el Poggio hay que gastar todas las balas que quedan para coronar lo más cerca posible de la cabeza. Me di cuenta de ello nada más empezar a bajar: yo estaba trazando una "paella", los primeros estaban ya en la siguiente, 300 metros más adelante». Cuando Freire entraba con los brazos en alto, Koldo pasaba por la pancarta de 300 a meta. Luego, se cabreó. Como siempre. Enrabietado se prometió volver. Pero antes de que se le olvidara abrió la cajita y guardó allí su error en el Poggio. Y pensó: "Hasta el año que viene". |
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