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"Dialogues des Carmélites", bajo Carlo Montanaro
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Atrayente estreno en Bilbao de la ópera de Francis Poulenc
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J.A.Z
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Se advirtieron muy claras razones para que el estreno en Bilbao de "Dialogues des Carmélites", de Francis Poulenc (sábado, 24) lograra encandilar al público en general. El tan impresionante como especial atractivo operístico de esta obra de mediados del s. XX obtuvo reflejos propios por parte de una muy bien planeada puesta en escena, por el acierto del reparto en general, (con una labor de máxima entrega y validez por parte de Ainhoa Arteta en su primera encarnación de la protagonista Blanche), la encomiable interpretación orquestal por parte de la BOS… y, ante todo, a causa de la dirección de Carlo Montanaro.
Montanaro conduce "Dialogues…" con una conjugada concertación de foso y escenario, eje de esta obra en que la tarea orquestal nada tiene de acompañante ni circuida la voz, sino que ambas son la sintaxis creadora del drama. Llegar al nivel de esa acertada posición musical en una ópera de tanta exigencia y en un plazo tan breve como el que se establece en OLBE-ABAO es un milagro o se debe a la magia de la dirección. Debe destacarse la claridad ejecutante así como la calidad sonora de la BOS, con tan laudable interpretación de los preludios e intermezzi como en su inclusión en lo escénico. Carlo Montanaro conforma esta ópera con el mejor criterio.
El montaje escénico es de un evidente realismo, con tan expresiva como aparentemente sencilla construcción de los espacios conventuales, sin muebles, objetos, etc. Simbólica paz que contrastará con el cruento y movido cuadro final. A pesar del poco número de personas de escena en muchos momentos, los mínimos gestos (arrodillamientos, actitudes y posiciones de cada monja en el grupo, etc) rompen vacío y muestran vida. Como ya se advirtió a la prensa, Joseph Franconi Lee habrá tenido que dar algunos pequeños cambios a la idea original del ya fallecido Alberto Fassini proyectada para esta atractiva producción del Teatro dell’Opera de Roma, pues hasta ahora se había montado en escenarios más pequeños.
El vestuario está en conformidad con el tema y cambia del gris de los hábitos a los colores más cálidos de los nobles en la sala del Marqués de la Force, de la diversidad del ropaje rural y al simbólico rojo final. La luz, de Franco Marri, es austera, en consonancia con el relato y los espacios, con el reflejo de las rejas en suelo o paredes, etc.
La música de Poulenc va acuñando la trama teatral con una condición religiosa unida a una no menos notable sensualidad, lo que, además de seducir al público, conduce hacia una linea determinada a los cantantes. En primer lugar debe destacarse a la ya citada Ainhoa Arteta como Blanche de la Force, amplio papel que esta en primer término y sin descanso prácticamente a lo largo de toda la obra. La soprano vasca impone una muy destacada condición dramática a su personaje, con seguridad, afinación y dominio en toda altura.
Tono bien temperado en las diversas escenas: conversación con su padre, distintos diálogos en el convento, momentos de la mayor intriga, etc. Fraseo claro, con emisión que refleja muy diversos sentimientos, aunque en algunos momentos una sonoridad más reducida podría seducir aún más. Pero gana la pasión. Y estamos en el inicio de la Arteta en este papel; la continuidad perfecciona aún más, por lo general.
La condición de los cantantes resulta muy adecuada a los personajes, en general. Así, Denia Mazzola es una Mme. Lidoine (segunda priora) de una personalidad que seduce por el diseño de su canto, pleno de elegancia. Una soprano que, además del buen cometido agudo muestra un cálido color en el centro y zona baja, lo que conforma la solidez de su línea. Sus últimas intervenciones, las más largas de la obra, fueron sencillamente magistrales. Mme. De Croissy, primera priora, encarnada por Kathryn Harries, mostró una aguda teatralidad en su escena de muerte en la enfermería, cantando en la cama, aunque que en su conversación anterior con Blanche, en silla de ruedas, emitía sin fuerza los agudos y también resultaba poco patente en la zona media. Pero su personaje está muy bien definido. De la mezzo Natasha Petrinsky, Mère Marie, puede caer en duda el valor de algún que otro agudo, algo forzados, pero su canto en general conlleva una buena expresión y poder.
La delicada voz de Elena de la Merced (Soeur Constance) va bien conectada con este tipo de música. Su primera intervención (en el cuadro tercero, junto a Ainhoa Arteta) puso en claro esta condición, no obstante la afinación, en ese momento, un poco tocada, que mejoraría en las intervenciones siguientes. Del conjunto femenino, el reducido papel de Nuria Orbea y Anna Tobella está bien resuelto.
Destaca en los masculinos José Luis Sola, tenor navarro que hace de Chevalier de la Force, con una emisión bella, así como el tono de su voz, con fuerza en los agudos. Buena actuación en casa de su padre y en el dúo con su hermana (Soeur Blanche) en el locutorio. El resto, tanto el Marqués de la Force, Christophe Fel, como el Capellán, Christian Jean, y el Géôlier y Javelinot Alberto Arrabal, conforman un buen complemento del elenco, así como son prácticos Alberto Feria, Joan Plazaola y Fernando Latorre.
A destacar, las tres bellas intervenciones del Coro Intermezzo, coro de carmelitas. |
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