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Cada pareja de jubilados estadounidenses que quiera asegurarse las coberturas sanitarias mínimas este año tendrá que pagar 215.000 dólares, un 7,5% más. Y la cifra va a seguir en aumento. Ni ahora Bush, ni antes Clinton. La promesa realizada al principio de su mandato por cada nuevo inquilino de la Casa Blanca de poner fin el imparable incremento de las coberturas sanitarias en EE.UU. queda siempre sin cumplir. Con independencia de la enorme cantidad de gasto público, federal, estatal y local, que se emplea en el intento. Tanto, que sin asegurar a sus ciudadanos un sistema de sanidad universal al estilo europeo, comparativamente el coste para el Estado es superior. En este país ,donde 45 millones de personas, el 15,2% de la población, carece de atención médica. El esfuerzo nacional que realizan aquellos que pagan por el mantenimiento de los sistemas de salud (administraciones, compañías y familias) supone un importe anual de 1,8 billones de dólares (1,5 billones de euros), un 15,3% del PIB. Un gasto muy superior al 9,7% del PIB que de promedio gastan las naciones europeas más industrializadas, donde está instaurada la cobertura sanitaria universal. En este desgaste político continuo sin solución aparente, el colectivo más perjudicado es el de los jubilados. Desde 2002, el coste de las prestaciones sanitarias básicas que soporta este sector de la población ha aumentado un 34%, en una espiral que no puede justificarse sólo por el incremento del precio de las medicinas, que supone un tercio del aumento anual. Ahora, la presión queda para los próximos candidatos presidenciales que operarán dentro de 18 años, cuando los gastos en cobertura sanitaria supondrán el 50% de la pensión media. No parece descabellado. Hoy ya suponen el 27%. Y muchos estadounidenses no disponen ni siquiera de pensión. |