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En 2006 Las primeras horas El 85% de los desaparecidos son localizados antes de 15 días. Muchos marcharon voluntariamente, pero deciden regresar a sus hogares transcurridos algunos días. Es el caso de la mayoría de desapariciones de preadolescentes y adolescentes (44% de las denuncias).
109 casos sin resolver La Ertzaintza y las policías locales de la CAV recibieron un total de 2.186 denuncias en 2006, de las que el 5% son casos sin resolver (un total de 109).
Trastornos mentales Según la Unidad canina K-9 de Creixell (Tarragona), el 60% de los casos de desaparición sin resolver se debe a un trastorno mental (Alzheimer, fundamentalmente).
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«No tenemos noticias, pero hemos recorrido todos los sitios y empapelado todos los pueblos. No sé qué pasó. Nos levantamos los dos juntos a la misma hora, me acompañó al trabajo, bajó a por el pan y dejó la comida hecha. Cuando llegué a casa el puchero todavía estaba caliente, pero él ya no estaba. No se llevó el DNI ni las llaves, ni tampoco ha tocado el dinero de la cuenta corriente. Todo está en su sitio». El marido de Ramona Armas, Jesús Lorido, fue visto por última vez el 23 de setiembre de 2002 en Santurtzi, el municipio donde residía el matrimonio. Como él, existen decenas de casos sin resolver en Euskadi de personas desaparecidas (109 en 2006). Cada año la cifra se acumula a la anterior y hoy en el Estado español se supera los 4.000 casos. ¿Desaparecidos, muertos o huidos? Cada familia tiene su propia tesis, la mayoría mantiene un resquicio abierto a la esperanza y todas, absolutamente todas, desean un desenlace. Porque por triste que sea, prefieren saber, pasar el duelo y tener un sitio adonde llevar las flores.
Para Ramona su marido «se metió en alguna secta o está trabajando en el algún caserío a cambio de comida». La desesperación con la que se vive una situación de este tipo la ha llevado incluso a consultar con varias videntes. «Todas me han dicho lo mismo, que está vivo al lado de un río. Coinciden todas, pero tampoco me fío». La impotencia y la soledad con la que vive la familia explican la desconfianza. «Si hubiera tenido un accidente, habría aparecido en algún sitio, ¿no? En algún hospital, y les hemos llamado a todos».
En el momento de la desaparición su marido estaba de baja por una leve depresión. «No sabemos si le dio algo en la cabeza y dijo "no quiero vivir así, me voy". No sé, no sé...». El trabajo y la familia «lo era todo» para el marido de Ramona, pero si se vino abajo por no poder afrontar una prejubilación anticipada, no dejó una nota de suicidio.
El hermano de Josefa y Segunda Rodríguez, Luís, tampoco dejó unas líneas escritas ni ha tocado el dinero de la pensión, que puntualmente le ingresan cada mes a su cuenta corriente. El 17 de enero de 2005 desapareció en Durango, visto por última vez en la calle Campa Torrosteta. Tenía 58 años, era soltero y vivía en una pensión, aunque tenía las llaves de las casas de sus hermanas y pasaba algunas temporadas con su madre. «Mi hermano no se fue. Apenas quedaban unos euros en la cuenta, no podía irse muy lejos». Tenía Parkinson, era prejubilado. «Vivía solo porque quería, porque se sentía más libre. No tenía motivos para huir, no debía dinero; no se iría sin decir nada».
A día de hoy, Josefa y Segunda todavía se sienten «impotentes». «Nadie te dice nada, ni lo que debes hacer, ni cómo funciona el proceso. Y tú empapelas el pueblo y le das la "turrada" a la Er-tzaintza, pero nada».
Emilio Eguiluz desapareció en Arrigorriaga el 23 de julio de 2003. Su caso motivó el primer encuentro de personas desaparecidas, organizado por la concejala de Servicios Sociales, Marisol Ibarrola, del que ayer se celebró la segunda edición. Su madre, Ángela Gómez, escuchó atenta todas las ponencias y, en un descanso, contó su historia con lágrimas en los ojos. Los padres y las madres son los que más lloran. «Le das muchas vueltas a la cabeza y las lágrimas de tristeza se asoman cada día. Por suerte, soy una persona extrovertida y me desahogo contándolo».
Emilio sufría narcolepsia, una rara enfermedad del sueño por la que el paciente se puede quedar traspuesto en cualquier sitio, a cualquier hora y en cualquier situación. Tomaba ocho píldoras diarias y también sufría de crisis de cataplesia (en los momentos de euforia perdía el tono muscular). Después de su siesta de obligado cumplimiento, salió a dar un largo paseo por los alrededores de Arrigorriaga, como todos los días. No cogió el DNI, ni la cartera. Sólo las llaves. Todavía no ha regresado, así que su madre, por si acaso, no ha cambiado la cerradura de la puerta. «Si alguien la abriera... aunque fuera para robar... Al menos sabría que sus llaves aparecieron en algún sitio».
Durante semanas se organizaron batidas que movilizaron a un gran número de agentes y vecinos. Los perros husmearon cada barranco buscando el olor de un cuerpo putrefacto, pero nada. Como siempre en estas historias, ni una sola pista. Ni los er-tzainas ni el neurólogo le dieron esperanzas. Ángela cree que «esa noche mi hijo tuvo algún mal encuentro y le hicieron desaparecer. Sé que le ha pasado algo trágico, me cuesta creer que siga con vida», le dice su instinto. «Estaba preparada para que me vinieran con la noticia de su muerte. Estaba preparada para lo peor, pero no para esto».
Francisco Varela tenía 74 años cuando desapareció en Bilbao el 15 de julio de 2005, padecía de Alzheimer. Su hermana y su sobrino, María Jesús y Juan José Espizua, están convencidos de que la celebración de las World Series le desorientó. «Las calles estaban cortadas con vallas y las otras, cambiaron el sentido de circulación. Le vieron por última vez en el puente Euskalduna, a sólo 300 metros de casa», cuenta Juan José. Las calles estaban intransitables, el ruido era ensordecedor. «No supo volver. No queremos sacar ningún tipo de conclusión, pero en casa nos hacemos a la idea de que ya no lo encontraremos vivo. Mantenemos la esperanza, pero todos asumimos esa parte de realidad a medida que las posibilidades de encontrarlo con vida van remitiendo», dice María Jesús.
«No soy creyente», agrega su hijo, «pero ahora soy consciente de lo importante que es esa ceremonia llamada entierro. De lo que implica echar tierra sobre el cuerpo de un ser querido, porque que desaparezca así da mucha pena». |