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Un café, por favor
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Carmen Torres Ripa
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Este fin de semana, la mayoría de ustedes desayunará en casa. En la cocina o en la sala de estar, sin prisa, tomará uno, dos y hasta tres cafés con tostadas de pan, mantequilla y mermelada de naranja. Porque usted está cansado de tomarse el cortado con croissant de plástico en el bar cercano a su trabajo. Y… ¿cuánto cuesta un café con leche? Según el establecimiento los precios pueden ir desde 90 céntimos hasta 5 euros; de verdad, 5 euros. Claro que si usted pretende tomar su colación en el hotel Ritz o en el aeropuerto, ya tendrá que sacar un billete de 10 euros. Así vivimos en una inconstante tabla de precios que acomodamos según nuestro bolsillo. Pero 20 céntimos de diferencia no parece que sea una cuestión de gobierno. Si le pregunta a su amigo cuanto vale el metro, porque él va en coche, puede ser tan escandaloso como que me interroguen a mí, que no tengo carné de conducir, sobre el precio del litro de gasolina. ¡Ni idea! Mi ignorancia no implica que sea poco inteligente, simplemente que no compro gasolina. Pues verán, el caso es que estoy un poco escandalizada por el comportamiento humano. Resulta que el presidente del Gobierno se enfrenta libremente a las preguntas del país -resumido el país en un grupo de habitantes sentados en un hemiciclo televisivo- y lo que se cuestiona en las tertulias políticas y algunos corrillos más o menos informados es la ignorancia del presidente sobre el precio de un café. El Sr. Rodríguez Zapatero dijo que costaba 80 céntimos. ¡Monumental error! Vale 90 céntimos, 1 euro, 2 euros…
Posiblemente el camarero que cobre el café que se toma en público el presidente en el Parlamento, cuidará mucho su imagen para adaptar el precio a la cantidad gubernamental manifestada ante la televisión. Creo que sacamos las cosas de quicio. Posiblemente el presidente no lleve ni dinero suelto en los bolsillos. ¿Por qué? Pues porque de entre los millones de habitantes él sólo es presidente. Es más que probable que ese precio sea el que le cobran a sus compañeros de partido en los descansos parlamentarios. Y quizás hasta no me equivoque suponiendo que le inviten. Un euro -u 80 céntimos- no es un piso y no desequilibran la economía nacional ni suponen una corrupción.
La vida…
Estas simplezas producen un sofoco íntimo que se traduce en una absurda desazón colectiva. Creo que son las pequeñas cosas las que desequilibran la vida cotidiana. La tristeza o la alegría llegan en un instante y, normalmente, por detalles sencillos.
Esta mañana me decía una amiga: "Te veo decaída". Cuando era joven hacía una lista y me preguntaba en el silencio de un folio sobre mis miserias y mis bondades. Ha pasado el tiempo y aunque parece extraño cada noche me hago la misma pregunta: ¿por qué hoy no he sido feliz? Y siempre, en ese siempre que se repite cada día, mi no felicidad tenía -y tiene- mucho que ver con los demás.
Decepcionar a los que más quieres es una posibilidad diaria. Creo que se espera más de nosotros que lo que podemos dar de sí. Y ese plus de más suele ser que no has pedido perdón al rozar al vecino, que no has sonreído en el ascensor, que no tenías el precio del billete del autobús en la mano, que te olvidaste comprar manzanas. Sin embargo, hiciste bien todo lo demás: levantarse sin ganas, aguantarte el dolor de cabeza, doblar las horas de trabajo sin remuneración, construir una casa, conducir un avión, dar una conferencia, operar el cerebro, firmar un tratado de paz…
Pero no sabes lo que vale un café. Ese café de la mañana que siempre sigue con un "por favor" humilde y confiado. Un café, por favor. Y, evidentemente, saque usted de la cartera un billete de 5 euros, por lo menos… |
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