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Abdul Rashid Ghazi, subdirector de dos madrazas en Islamabad, las escuelas religiosas coránicas donde adoctrinan a los jóvenes. Afp |
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«Esta vida no nos importa nada»
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abdul rashid Ghazi enseña el corán en dos Madrazas de Islamabad y alienta a los jóvenes a luchar en Afganistán.
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Can Merey (Dpa) Islamabad
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Pakistán está considerado como uno de los aliados más importantes de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. No obstante, en el corazón de la capital, Islamabad, se predica el odio contra la «potencia ocupante» occidental en Afganistán.
Abdul Rashid Ghazi es subdirector de las dos madrazas (escuelas religiosas coránicas) situadas junto a la Mezquita Roja. Para él, Osama bin Laden es «nuestro héroe» y la victoria de los rebeldes radicales islamistas en Afganistán es sólo una cuestión de tiempo.
«Alentamos a nuestra gente para que vaya a luchar (a Afganistán)», dice Ghazi. En su opinión, cualquier medio está justificado para parar a los «agresores», incluso los atentados suicidas. De forma explícita incluye en los objetivos a las tropas extranjeras estacionadas en Afganistán.
Los llamamientos de Ghazi a la Yihad, la «guerra santa», no caen en saco roto. Un total de 6.500 mujeres jóvenes y 4.500 hombres visitan las dos escuelas coránicas que este predicador dirige junto con su hermano mayor.
Asalto a un burdel
El que las alumnas y los alumnos estén dispuestos a recurrir a la violencia lo demostraron este miércoles, cuando asaltaron un burdel ubicado cerca de sus madrazas y arrastraron a su «madame» hacia las escuelas para «reeducarla», tal y como acostumbraba hacer el antiguo régimen talibán en Afganistán. Ghazi justifica la acción con el argumento de que las autoridades habían desoído las exigencias de que se cerrara el club de alterne.
A tiro de piedra de la residencia del primer ministro paquistaní se encuentra el complejo de madrazas en el que se ha atrincherado Ghazi. Para este islamista de línea dura, el gobierno de Pakistán, que gusta de presentarse como un socio fiable de Occidente, es una espina que tiene clavada.
Mientras que Islamabad se enfrenta con la acusación de que la insurgencia en Afganistán recibe apoyo desde Pakistán, bajo la dirección de Ghazi se forman nuevas generaciones de jóvenes muyahidines (guerreros islámicos). Encerrado en su bastión religioso, Ghazi escapa al control del poder del Estado. Quien tiene una cita con el predicador no puede acceder a las escuelas coránicas sin ser sometido a un minucioso registro por parte de jóvenes barbudos.
Detrás de la puerta de entrada hay un vigilante enmascarado vestido con un traje de campaña que porta un fusil Kalashnikov. Este sujeto pertenece a la milicia privada de Ghazi, encargada de proteger al predicador de la policía y de otros posibles enemigos.
Soldados extranjeros
Al final del trayecto, en una modesta oficina, está sentado Ghazi, cuyo aspecto no cuadra con la imagen de un predicador del odio. Detrás de unas gafas con una montura dorada se asoman unos ojos color café que miran amistosamente al visitante. Unos mechones blancos salen debajo de una capucha religiosa bordada. En un inglés fluido y con una sonrisa seductora, el clérigo paquistaní de la barba canosa, nacido en 1964, habla de la necesidad de expulsar a los soldados extranjeros de Afganistán e Irak con toda la violencia necesaria.
Las palabras de Ghazi no son tan inofensivas como podría sugerir su actitud. Sus escuelas coránicas, subraya, enseñan «todo el islam», y no sólo la yihad. Sin embargo, la guerra santa es un «importante pilar» de esta enseñanza. «Nosotros les enseñamos el concepto de la yihad, no la forma de luchar». Lo que quiere decir que los alumnos de las madrazas no reciben entrenamiento militar, sino que se los prepara espiritualmente para la lucha.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, las tropas extranjeras no tenían derecho de invadir Afganistán, dice Ghazi, quien tuvo un encuentro con el líder de Al Qaida, Osama bin Laden, en 1998 en la ciudad de Kandahar, en el sur de Afganistán.
Miles de suicidas
«Nunca van a tener éxito. Van a salir derrotados como los rusos», asegura el predicador islamista. Retóricamente formula la pregunta de cuántos de los casi 50.000 soldados extranjeros en Afganistán están dispuestos a cometer un atentado suicida contra los talibán. Ninguno, afirma rotundamente.
Los rebeldes, por el contrario, cuentan con «cientos y miles» de suicidas que dan su vida llenos de entusiasmo y que destrozan la moral de los soldados extranjeros. «Para nosotros esta vida no significa nada», dice Ghazi. «No hay duda de que habrá muchas víctimas en nuestras filas, pero al final ellos (las tropas extranjeras) se replegarán». |
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