 |
|
|
 |
Luis Altuna posa en su domicilio de Mungia con un ejemplar de un libro sobre el bombardeo de Durango. Iban Gorriti |
|
| MÁS INFORMACIÓN |
 |
|
|
 |
|
|
Doble superviviente
|
|
Luis altuna perdió a su padre en el bombardeo de durango y después tuvo la suerte de sobrevivir al de gernika; hoy pide el reconocimiento de su aita.
|
 |
|
Iban Gorriti Durango
|
 |
«¡Sólo con oír el ruido de los aviones nos poníamos a temblar!» Luis Altuna Superviviente al bombardeo
|
|
«Si hasta ahora no se ha hablado del bombardeo de Durango es porque allí mataron a los de derechas e izquierdas, sin distinción, y no interesaba a nadie removerlo». Son las palabras de Luis Altuna Ercilla, un niño de la Guerra Civil que vivió en primera persona el ataque fascista de la villa vizcaina. Mañana se cumplirán setenta años de aquella terrible jornada. Una de las bombas que formaban aquel primer ataque aéreo indiscriminado sobre población civil en Europa mató a su padre, un ebanista «antimilitarista» del casco viejo.
Hoy, a sus 81 años, Altuna recuerda, además, que habiendo huido en días posteriores a Bermeo, la suerte le llevó a no ir a Gernika el día del bombardeo, cuando tenían previsto visitar el mercado de la villa foral. Sin embargo, ser doble superviviente no le provoca sentimientos emotivos. Se ve «frío» y tanto los años como la apatía de sus hijos sobre esta efemérides le han curtido de tal forma que tan sólo quiere dejar el nombre de su padre en el lugar que le corresponde: junto a las 370 víctimas oficiales que el ayuntamiento dará tributo mañana. Todavía no ha sido reconocido. «Con los parques que hay en Durango, no entiendo que los monumentos se instalen en el cementerio. Parece que los esconden», lamentó ayer.
Y es que hicieron falta cincuenta años para que Gerediaga Elkartea destapara el bombardeo de Durango en 1987 con una exposición fotográfica. Y éste es el primer año en el que los medios se han volcado en dar a conocer en profundidad los hechos vividos en Durango, Elorrio y Otxandio el 31 de marzo y días posteriores. «No se trata de decir que Gernika fue más importante; lo fue porque era y es un símbolo para los vascos. Hay que ponerlos a la par», valora este jel-tzale confeso, quien recuerda como si fuera ayer aquel Miércoles de Pascua.
El último saludo
A las 06.30 horas su madre y él, por entonces un chiquillo, advirtieron cañonazos en la zona de Eibar. Residían en la casa Etxebarri de Landako y acababan de despedir a su padre, que iba a la ebanistería. Fue la última vez que le vieron. A las ocho de la mañana, él fue al colegio, a Maristas. «Nos llamó la atención que ningún religioso vino a cuidarnos ese día -rememora- y nos fuimos a jugar a un puente». Al poco, escucharon las campanas de alarma y las de ataque. «Eché a correr con la velocidad del demonio; el miedo me dio alas», enfatiza. Al ver los aviones se tiró al suelo. «Todo el bombardeo fue en una ráfaga y al levantarme vi todo el pueblo destruido».
Luis padre no volvió a casa. Nadie le había visto. Tras el temor del regreso, amatxu, amama -una conocida maestra que impartió 21 años de clases en Izurtza- y el pequeño pernoctaron en una trinchera de 75 centímetros de profundidad en Arripausuetas, cerca de la vivienda. Al día siguiente, cogieron los enseres básicos y partieron hacia Garai. «No había palabras de ánimo porque todos estábamos sin noticias de familiares o amigos», explica.
Es más, en su casa tenían cuatro refugiados, de los que de dos no se supo nada. Los aviones, «entonces no distinguíamos si Junkers alemanes o Savoyas italianos», volvieron. «¡Sólo con oír su ruido -se exalta- nos poníamos a temblar!». Pasados los días, volvieron a la casa «agrietada y en malas condiciones» porque oyeron que «había saqueos».
El 10 de abril, la abuela fue a notificar la muerte de Luis Altuna, de quien se cree murió junto a un trapero amigo en plena huida del caos. «Hay una foto en la que se ve dónde cae el racimo de bombas y yo creo saber cuál es la que mató a mi padre», asegura. El 22 salieron hacia Bermeo y el 26, cuando iban a ir a la plaza de Gernika, decidieron que se quedaban en Sukarrieta por unos barcos de la familia. No obstante, Luis vio pasar el Heinkel 111 alemán que venía del mar a arrasar la villa histórica. «Es que yo desde los tres años ya tuve claro que mi pasión eran los aviones, la aeronáutica. Y mira, luego me salió rana», sonríe quien de mayor acabara siendo facultativo de minas.
Alpargatas y dientes
Tras un período adolescente en Biarritz, Baiona, Hazparne y antes de ser ‘‘quinto’, con 18 años, quiso aclarar dónde estaba su padre enterrado. Corría el año 1943. Habló con testigos, con el enterrador, con un carpintero amigo de su padre y pidió abrir la fosa común 29. Halló a su padre. «Le conocí -relata- por las alpargatas, las ligas que se llevaban entonces, y por los dientes».
Mañana recordará la figura de aquel ebanista «sin ideología» entre los presentes al homenaje, pese a que no su aita no figura en esa lista -espera que lo esté en 2008- ni él está invitado. Estará «tranquilo», dice. «Pasados setenta años, sólo echo en falta no haber tenido un referente de padre en los peores momentos». |
|