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La soledad del profesor
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Mikel Ayuso
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UN BUEN AMIGO es profesor en una escuela vizcaina. Es un buen profesor, preocupado por utilizar métodos pedagógicos para sus alumnos, lector de una amplia bibliografía sobre la educación, buena persona, tranquilo e inteligente. Anoche estuvimos por el Casco Viejo y me contó algunas de las situaciones que se viven actualmente en los centros educativos vascos. Me dice que hemos pasado de un extremo al otro. Antes el profesor era el dueño y señor de la clase, intocable e incuestionable, ‘‘cicerón resucitado. hombre magro salido de los cuadros de El Greco", como cantaba Mikel Laboa. Hoy en día, me cuenta mi amigo, el profesor apenas si puede levantar la voz en clase. La sospecha se cierne permanente sobre él ante cualquier protesta de los alumnos o de sus padres. El profesor ya no tiene el apoyo de los directores de sus centros ni el de los familiares de sus alumnos. «¿Pero a usted cómo se le ocurre suspender a mi hijo? Eso ya no es así», dice mi amigo que le dijo una madre con enfado y osadía. Hace unos meses unos padres le denunciaron por, se supone, pegar a un niño de su clase. El niño es conflictivo, como lo fue su hermano, quien también dio serios problemas en el mismo centro. Lo que indica que el problema está en los padres y no en el centro ni en el profesor. Al final todo se aclaró y se demostró que la denuncia era inventada, pero mi amigo ha pasado la peor época de su vida. La labor de educar, de empapar a los niños de normas, moral y ética es de los padres, no del profesor. Si éste no tiene nuestra confianza, el sistema educativo degenera y se aleja de su función. No debemos caer en ese error. Tenemos buenos profesores, buenos profesionales. Trabajemos a su lado. |
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