SI TIRAMOS de manual barato, o sea, si emulamos al cronista que no sale del hotel, escribiremos que lo soltó una burguesa enjoyada y protegida por un abrigo de visón. Pero no. Lo dijo una señora llegada expresamente del 68: vestía falda vaquera y chupa con flecos. Y en realidad lo que salió de su boca fue un espontáneo "¡parece que estamos en África!", que no cabe en el título. Más digna de enmarcar fue, no obstante, la reflexión de su amiga - pantalones de cuero marrón y blusa casi transparente -: "Ya ves, hoy han venido todos". Se refería a los inmigrantes que con asombro, respeto o desdén contemplaban como ellas la célebre Procesión del Nazareno en Las Cortes. Estuve tentado de culminar su diálogo a lo Larra: "vuelva usted mañana". Venga y cuéntelo.
Sería injusto cebarnos con las despistadas, que ahora se enteran de que aquí viven negros y moros - subsaharianos y magrebíes, perdón - y de que el lunes no vinieron de turismo a Bilbao La Vieja porque de hecho la habitan desde hace años. Como bastantes vecinos de La Villa, esas mujeres sintieron el imán del morbo y tuvieron ocasión de saciarlo disfrazándolo de devoción religiosa o mero interés cultural. Porque, no se engañen los muy píos, esa procesión no tendría el mismo éxito si los cofrades desfilaran por la Gran Vía, sin una legión de putas de miranda (mirando, quiero decir, no se me enfaden las paisanas de Miranda de Ebro). Yo no imagino a gitanas regalando saetas al Cristo de Medinacelli desde el escaparate de Loewe.
Me hago cargo de que el morbo arrastra una biliosa fama que no padece su hermana empollona, la curiosidad, pero es que son impulsos diferentes. El curioso puede acercarse a la rotonda de Ametzola y admirar los mayores árboles jamás clavados en el País Vasco, un roble de los pantanos - Quercus palustris - de 17,15 metros de altura y 12 toneladas de peso, y un ciprés de los pantanos - Taxodium distichum - de 13,4 metros y 11 toneladas. El morboso pasa mucho de la excursión pantanera y prefiere las luces de neón, las botas de charol hasta las ingles y, en fin, ya me entienden. Conste que no dudo de la fe de todos los asistentes a la hermosa procesión. Pero de igual forma que hay Barrio Rojo en Amsterdam, Casa de Campo en Madrid y Dulce Vita en la tele, hay lugares en Bilbao que atraen y expulsan al testigo, anzuelos de retinas y alpiste para tertulias. Aunque para discreción, la nuestra: en el mismo sitio, y a la misma hora, cabe pecar y rezar sin que nadie sepa a qué dedica uno la visita. Si juega a la grande o espera a la chica.
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