Luces apagadas, el escenario vacío y nadie en los asientos. A media mañana todavía no se ha levantado el telón, pero el universo del circo sigue moviéndose de acuerdo a sus normas. «Los artistas descansan para preparar mejor sus números», dice Sandro Monteiro, director del circo Richard Bross, que presenta su último espectáculo "Sueños de un payaso" en Botica Vieja hasta el uno de mayo.
Equilibristas o trapecistas se concentran antes de saltar a la lona, desde donde tratarán de conquistar a un público mayoritariamente infantil... sin contar con animales, una característica que aporta «un toque de innovación y modernidad que nos distinga de los circos tradicionales».
En este sentido, no niega la influencia que el Circo del Sol «ha marcado un antes y un después», tanto en la manera de concebir el espectáculo como en el calendario de giras, que les mantiene todo el año en ruta en lugar de centrarse sólo en el verano.
Ellos, sin embargo, conservan elementos del circo tradicional, como la figura del payaso -precisamente hilo conductor del espectáculo- que «impiden distinguir varios tipos de circo», puesto que «el circo tiene sus propias leyes y eso es internacional». Al igual que internacional es la procedencia del personal. El grupo de profesionales y amigos de los hermanos Richard vienen de Francia, Italia, Portugal o Hungría.
Un colegio andante
Todos integran una gran familia y, de hecho, muchos la han formado al abrigo de la carpa. Melissa, de cuatro años, Justin, de cinco y Sandy y Samantha, de doce, atienden las explicaciones de su profesora en el interior de una caravana que reproduce fielmente los elementos que se necesitan en una aula.
Entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde las mayores estudian conocimiento del medio, lenguaje o matemáticas mientras los pequeños se divierten jugando con madejas de lana. También queda tiempo para el ocio, ya que «por las tardes visitamos las diferentes ciudades. Aquí iremos al Museo Marítimo», señala la maestra, Rosa Sánchez.
No les quita el ojo de encima. Lleva cuatro años vinculada al circo, y se proclama «muy contenta con la experiencia, porque estoy conociendo cantidad de sitios».
La oportunidad se la proporcionó un programa del Ministerio de Educación dirigido a menores cuyos padres viajan constantemente, lo que les imposibilita acudir al colegio. «Hasta 2º de ESO les evalúo yo, y después mandan los exámenes desde Madrid y luego los corrigen también allí», indica.
A pesar del empeño de los progenitores en que reciban una formación académica, a los pequeños les vence el peso de la vida que han llevado desde su nacimiento, y pronto manifiestan su deseo de pisar el escenario. «¡Queremos hacer un número de caballos!», corean al unísono Sandy y Samantha.
Tarde o temprano comenzarán a ensayar, «primero números sencillos bajo la supervisión de los mayores, y luego ya por su cuenta» hasta que den el gran salto, afirma Juan Martínez, domador de perros.
Él ha recorrido el mismo camino, por eso afirma sin dudar que «nunca dejaría el circo». «Yo creo», añade, «que ninguno lo haría a no ser que se casen con alguien ajeno a este mundo y, aún así, terminarían por volver». |