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Volver
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Carmen Torres Ripa
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El aliciente de los viajes es volver. El tiempo no pasa en la memoria porque la memoria está virgen para recordar lo que ve -no lo que sin estar sucede- y, de verdad, ocurren acontecimientos grandes y chicos en nuestra ausencia. El "no pasa nada" es un recurso real para uno mismo. Nuestra presencia poco cambia en el panorama político y social. Somos prescindibles. Tan prescindibles que 106 personas se han quedado en la carretera en esta Semana Santa y no han vuelto a casa. Y esa no vuelta estaba escrita en algún libro en blanco.
Nada hay casual. Cuando estuve en Karlovy Vary, un lugar donde la historia se paró con deleite hace más de doscientos años, encontré una pieza que me faltaba en mi mundo musical. No es casualidad que el primer concierto de mi vida fue "La Sinfonía del Nuevo Mundo". Me enamoré de la música con 13 años oyendo a Dvorak en el Teatro Baracaldo. Dirigía la orquesta Rafael Frühbeck de Burgos. Enamorarse es una sensación mágica. Por eso, al ser el primer amor consciente, lo recuerdo con precisión.
Han pasado un número de años que no me interesa precisar y he vuelto a oír la misma sinfonía en Karlovy Vary, un lugar donde Dvorak compuso esta música entonces nueva y fascinante. La belleza es inalterable y a veces el tiempo añade más voluptuosidad a los instantes.
"La Sinfonía del Nuevo Mundo" se estrenó en el Teatro Municipal de Karlovy Vary. El teatro de la ciudad checa es una deliciosa tarta de merengue rodeada de oro y con frescos de Gustav Klimt en las paredes y en la cortina del telón del escenario. No sabía que en aquella ciudad noble iba a encontrar los colores del pintor austriaco. Todo cambia. Klimt volvió a ser para mí como otro pintor que te enseña sus secretos en el origen. Mientras escuchaba los movimientos de la sinfonía quería imaginar aquel día de estreno. La ropa de los asistentes, el silencio del aforo y los aplausos. Esos aplausos capaces de despertar el éxito. Esos aplausos que paran el tiempo para un artista porque el tiempo es distinto para cada uno.
Cuando acudo a un congreso tengo la sensación de que se escapan muchas vivencias. Los mismos días hay quien los aprovecha tan bien que es capaz, como José Luis Sampedro, de escribir una novela. "Congreso en Estocolmo" fue un divertimento del viaje. Creo que todos, al volver de estas cortas vacaciones, podemos escribir nuestro particular diario de viaje. Mi último congreso de Fijet en Karlovy Vary me dejó un regusto de meditación. Y pensé en el después del viaje. Según alimentas tu cuerpo de años eres más capaz de detenerte y rescatar un instante para pensar. Quizá porque la niñez es un tiempo fugaz y la juventud también es una etapa efímera. Sin embargo, la madurez nos parece eterna. Y justo en esa época de nuestra vida es cuando queda poco. Es cuando tenemos que tener siempre preparada la maleta para el viaje.
Tenemos que echar los demonios antes de cerrar la maleta para ser libres. Sentir el olor de la libertad antes de partir. Este año, por primera vez, he sentido la insólita experiencia de deshacer la maleta sin haber viajado. Todo preparado para volar y el vuelo se suspende. Pienso que la vida es a veces un viaje interrumpido y aplazado. Vives, como decía mi amigo Juanjo Benítez, la prórroga. Una prórroga que no estaba cualificada en el guión personal. Volver a recuperar unos días que creías perdidos y te están esperando con nuevas sensaciones. Volver de viaje, volver del no viaje. Vivir. Siempre vivir hasta que el reloj se pare. |
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