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Ernesto Valverde saluda a los aficionados de San Mamés. |
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La sonrisa cómplice
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Valverde, que acabó abrazado a Mané, se percata de la verdadera influencia que la grada tiene sobre el Athletic
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Igor Santamaría Bilbao
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LA ÚLTIMA vez que pisó el césped de San Mamés su rival fue el Numancia. O mejor dicho, el Betis, porque casi todo lo demás sobró. Aquella noche de voz rota y lágrima viva jamás la olvidará. Como si tuviera una deuda pendiente con una afición que soñaba ilusionada con la final de Copa. Una espinita. Ayer, en más de un lance, volvió a rescatarla en su pensamiento cuando La Catedral, puesta en pié, jaleaba a los leones. Y eso que en la acción del empate ni se inmutó: justo en el instante en que Iraola bota la falta y Urzaiz incrusta el balón en la red, Ernesto Valverde, que se lo temía, daba instrucciones a Torrejón. Es más, no dejó de hacerlo ni durante la celebración rojiblanca. Luego, cuando Yeste se disponía a colgar otro esférico a la cabeza del navarro, salió del banquillo para presenciarlo todo con su gesto más característico: de pie, con los brazos cruzados y vigilándolo todo. Y sucedió lo que intuía, por lo que llamó de inmediato a De la Peña. Pero ya estaba servida la fiesta.
Fue entonces cuando entendió algo. «Hoy me he dado cuenta de lo que realmente aprieta el público de San Mamés. Cuando lo vives de cara es muy diferente de cuando tú eres el contrario». Un festejo del que, aunque no pueda enarbolarlo voz en alto, se siente partícipe. Como cuando le cuestionaron por si la derrota, siendo en Bilbao, duele menos. «¡No sé cómo explicarme! No es eso. Es que tampoco puedo decirlo. Yo vine aquí a ganar», matizó. Una imagen lo resume todo. Nada más decretar el final Rodríguez Santiago, el técnico "periquito" estrechó la mano a Mané y se envolvió con él en un sincero abrazo, para felicitar al resto de componentes del club vizcaino. Lo hizo con esa media sonrisa cómplice que asimismo le define, ésa con la que apareció a posteriori en sala de prensa acompañado por Jon Larrea, con quien entró compartiendo unas palabras. El escenario le era conocido, igual que la mayoría de caras de compañeros de prensa. El contenido y sus maneras en las declaraciones, exquisitos como siempre.
Dos horas antes la grada le había recibido con normalidad, ya que el hincha bastante tiene con aguardar a que su padecimiento sea lo más efímero posible. Ataviado con traje azul marino, camisa blanca y corbata azul, fue el precipitado comienzo del envite, casi tres minutos antes de que el reloj marcara las 17.00 horas, el que colaboró en no poder ni percatarse de la presencia de Valverde. También ese túnel, pocas veces empleado, que se abrió para que no pudiera grabarse cualquier cruce de palabras que pudiera maltinterpretarse. Tan rápido fue el tanto espanyolista que, de entre la nube de felicitaciones en su banquillo, se perdió su estela. En sus gestualidades, sus idas y venidas del asiento al corto espacio de terreno designado para el entrenador, se apreció algún tic de nerviosismo.
La chispa que intuía
Dando órdenes a sus jugadores cuando la ocasión lo requería, reprochándoles si era preciso (Lacruz se llevó una regañina en medio de su excelsa actuación), controlaba bien su entorno. Pero Ernesto era consciente de que cualquier chispa adversa podría desencadenar el principio del fin. En peores guerras tuvo que luchar dirigiendo el tráfico del Athletic, con remontadas épicas como aquélla ante Osasuna. Por eso sabía que una zurdita de Fran, una peinada de Isma, un desborde de Etxeberria, cualquier cosa, iría en contra de sus "intereses". Por mucho que alineara a mayoría de reservas, acudió con el objetivo de vencer. Se marchó sin ver cumplida esa parte de su meta. Aunque lo hizo con la tranquilidad de que su Athletic ganó varios boletos para continuar en Primera. Que nunca se sabe que le puede deparar a uno el porvenir. El más cercano le invita a pelear por meterse en una final de la UEFA. El lejano está por escribirse. Quizás una de Copa. ¿En casa? |
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