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Armas para un país en guerra
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Oscar Subijana
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CUANDO EN EE.UU. cualquier loco se hace con un arma y la emprende a tiros contra todo lo que se mueve, lo único que pretende es llamar la atención y buscar un hueco en una sociedad en la que los medios de comunicación marcan el ritmo de un colectivo que prioriza la imagen sobre todas las cosas. Vuelve a la memoria otra matanza, la de Colombine, en el Estado de Colorado, donde hace ocho años dos adolescentes mataron a tiros a 13 personas. Y el cine ya se ha encargado de recrear la tragedia. El despiadado ataque se reproduce en un país que está en permanente guerra desde hace muchos años. La libertad a la hora de conseguir una licencia de armas y la posición que uno adquiere cuando maneja un rifle ayuda a la sociedad norteamericana a vivir un trastorno psicótico permanente que termina en asesinato múltiple. Los investigadores nos contarán, con el paso de los días y el desarrollo de la investigación, que el joven que, al parecer ayer se suicidó tras la horrible acción, tenía un problema de autoestima sin resolver, o una relación de amor-odio con algún profesor. Sin embargo, lo que debe llevar a una reflexión a las autoridades de EE.UU. es el modelo de sociedad bélica que venden a diario sus medios de comunicación. Están en Irak, están en Afganistán, destinan a diario miles de millones de dólares para que el armamento que define su política exterior esté perfectamente engrasado. Cuando un joven ve la televisión y desayuna, come y cena con muertos en un conflicto bélico liderado por su país, puede querer demostrar, por imitación, que él es un soldado más en el escenario mundial. Y mata a niños inocentes. |
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