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17-04-2007
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No hay competitividad sin entrenamiento
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No hay competitividad sin entrenamiento
Javier Elorriaga
"Una buena dirección empresarial debe entender que trabajo y entrenamiento son lo mismo. El trabajador del conocimiento tiene una inmensa libertad para reaccionar"
Los horrores en Auschwitz y la prepotencia de la cancillería nazi en Berlín eran efecto y causa. En aquel proceso agónico, los pobres esqueletos ejercían actividades de sexo, estraperlo, denuncias, agresiones, compasión, amor y odio. La voluntad de sobrevivir a aquel tormento estimuló la sensibilidad de Viktor Frankl, quien descubrió el propio "espacio de libertad interior personal" que todos poseemos y podemos utilizar para aliviar nuestras vidas: todo un regalo para la fraternidad humana. Auschwitz y Berlín vivían dos realidades paralelas, perfectamente desconectadas, que traigo a colación para concienciar a los agentes generadores de bienestar social en nuestro país. Mi comentario quiere combinar tres aspectos: 1º) La falta de conciencia de ignorancia de algunos sectores. 2º) El espacio de libertad interior (predisposición) de cada persona. 3º) El logro de la necesaria competitividad para generar prosperidad y bienestar social, siendo cierto que también aquí coexisten dos realidades desconectadas, una acomodada e insensible y otra que vive próxima o dentro del umbral de la pobreza y el dolor.

Es hora de romper el silencio cómplice que oculta las responsabilidades por la permanencia de las empresas españolas en el puesto 26 de la competitividad internacional, posición que no ha variado desde 1993, siendo el Estado español la décima potencia económica mundial. De entre los miembros de la UE-15 somos los penúltimos en innovación, los últimos en motivación, los últimos en calidad de los productos, los últimos en relaciones sindicales, los últimos en orientación hacia las personas y los últimos en flexibilidad. Esto significa que estamos en una crisis de vitalidad, con una grave carencia de bienestar social, con sus secuelas de pobreza y sufrimiento. Paradójicamente, disponemos de un colectivo humano excelente al que reconocemos valores y capacidades suficientes para participar en la experiencia de la competitividad. Al mismo tiempo, nos sentimos vacíos al escuchar el discurso de que las personas son el activo más valioso de la empresa, la verdad menos realizada del país. Digamos, sin ánimo de ofender a nadie, pero señalando serenamente la causa principal, que tenemos un grave déficit de buenos profesionales para el liderazgo y la gestión empresarial.

Resulta ridículo que directivos de empresa acusen a jugadores de fútbol de "falta de vergüenza profesional", mientras ignoran que en sus propias compañías tienen niveles de efectividad aún más bajos. Una investigación realizada por Harris Interactive entre 23.000 trabajadores de cientos de firmas de Estados Unidos, consideradas altamente cualificadas y eficientes, dio como resultado que el nivel de efectividad real de las empresas era inferior al 20%, lo que, trasladado a un equipo de fútbol, supondría que el 82% (9 jugadores) son un lastre y que sólo el 18% (2 jugadores) dan juego. Esta situación catastrófica no suele darse en el fútbol, pero si ocurriera pensaríamos que un equipo así no entrena o que el preparador no sabe entrenar. Es el caso de la mayoría de nuestras empresas.

Una buena dirección empresarial debe entender que trabajo y entrenamiento son lo mismo. Un artista, un deportista, como todo profesional, incluido el directivo de empresa, no pueden dejar de entrenar. Todas sus capacidades, valores y virtudes son imprescindibles. No se debe olvidar que el trabajador del conocimiento tiene una inmensa libertad para reaccionar, arruinando o enriqueciendo la empresa, pues no gestionamos el 90% de las capacidades de las personas. Los empleados desatendidos pueden dejar de aportar un valor superior a lo que perciben como sueldo. Definitivamente, si no les entrenamos durante el 5% de sus horas laborales y no gastamos en esta tarea el 3% de la masa salarial, se nos puede catalogar como empresa en trance de desaparición. ¿Cómo encontramos nuestro camino?

Salgamos ya de la era industrial y entremos en la era del trabajador del conocimiento. Para consolidar este tránsito debemos dejar de pensar que el arquitecto es el señor y el albañil su criado, pues ambos son específicos y complementarios para construir un edificio. Hace muchos años, después de hacerme unas inolvidables demostraciones de excelencia, poder y buen gobierno de la empresa, un ejecutivo japonés me dijo: «Cuando una persona es bien tratada, normalmente no puede evitar darse generosamente a aquellos de quienes recibe el buen trato. Es una necesidad de equilibrio interno de la persona. Aquí radica el principio de dar para después recibir. Un occidental podría ver en esta relación un premeditado y refinado egoísmo, pero no es así. Es un sistema práctico, sólido, confiable, enriquecedor y socialmente dinámico y estable al mismo tiempo. Todo es muy sencillo para quien sea sencillo y honrado».

¿Entiende usted ahora por qué el eje de riqueza y poder se desplaza de Occidente hacia Oriente? ¿Entiende usted que si entrena a su plantilla, su empresa tiene muchas oportunidades todavía?
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