El mundo es un mosaico de culturas y formas de vida, un abanico de civilizaciones. Muchas de ellas son pacíficas, otras son agresivas. Unas son compatibles en mayor o menor medida; otras no lo son en puntos esenciales. En el momento actual hay principalmente dos grupos de civilizaciones que se enfrentan cada vez de forma más patente. Por una parte la cultura o civilización occidental; por otra, la civilización islámica. Hablando en términos muy generales, la civilización occidental no es hoy, en principio, excesivamente agresiva como tal civilización o cultura. Lo es cuando entramos en el campo de los intereses de las grandes potencias, particularmente de los EE.UU. Esta agresividad es más bien de tipo económico, y consecuentemente belicista. No hace falta sino mirar a lo que ha sucedido y está sucediendo en el Medio Oriente. La civilización islámica, también en un ámbito de reflexión muy general, sin dejar de tener intereses económicos, se muestra hoy, a mi entender, en sectores importantes de ella con tendencia a centrar primariamente su agresividad en el terreno puramente cultural y religioso: se trata de convertir por la fuerza al islam a todo el mundo sin reparar en medios para ello. Uno de estos medios que algunos de sus miembros pretenden utilizar es el terrorismo.
Este enfrentamiento directo y radical está exigiendo fórmulas y actitudes que fomenten el respeto mutuo y la convivencia pacífica; que impidan el retorno hacia períodos históricos sombríos de lucha y aniquilación. Y es en la exigencia de avanzar por caminos de respeto y convivencia donde, si yo lo entiendo bien, se inserta la idea de la llamada alianza de civilizaciones propuesta por el presidente Zapatero.
La alianza de civilizaciones no es un expediente para resolver directamente problemas de violencia de cualquier clase, ni para convertir de pronto y por arte de birlibirloque una convivencia astrosa, basada en la desconfianza y en la fuerza, en una relación recíproca paradisíaca y encantadora. Tengo la absoluta seguridad de que nada de esto hay en la propuesta del Sr. Zapatero.
Por el contrario, teniendo en cuenta que las comunidades humanas amplias no están integradas en su inmensa mayoría por personas de un nivel educativo intelectual y moral elevado, es poco probable que se sientan comunitariamente impulsadas a ver al otro como algo digno de aprecio y de respeto, y hasta de algo útil para sí dentro de la diferencia y precisamente por ella. Muy al contrario, la propia inseguridad nacida de la falta de conocimiento y de formación les moverá a sentirse amenazadas y a reaccionar en forma más o menos violenta. De lo que se trata con la alianza de civilizaciones es de hacer una labor pedagógica de largo alcance y a largo plazo, para que vayan calando en las diferentes comunidades humanas la idea y las actitudes de entendimiento y de respeto del otro. Tarea que requiere la exigencia severa y constante de reciprocidad mutua: todas las civilizaciones en liza deben estar dispuestas a aceptar lo mismo que se les acepta a ellas. Sin la reciprocidad todos los esfuerzos se quedarán en el umbral de la solución.
Dada la trascendencia y la necesidad imperiosa a largo plazo de este proyecto y de colaborar a su desarrollo favorable, no comprendo la serie de individuos que, como el Sr. Rajoy, entre otros, hacen frívolamente cuchufleta de él. Menos aún que lo confundan intencionadamente con una especie de bálsamo de Fierabrás que el actual presidente del Gobierno del Estado hubiera propuesto ingenuamente como algo susceptible de resolver todos los graves problemas que hoy tiene planteados el mundo. Estas actitudes irónicas, cuando no abiertamente burlescas, me parecen absolutamente rechazables.
Dos razones fundamentales explican mi desaprobación. Es la primera que burlarse de un proyecto de este tipo es olvidar y menospreciar los esfuerzos de musulmanes beneméritos que intentan hacer en el islam lo que en el cristianismo se empezó a hacer desde el Renacimiento -y más aún desde la Ilustración- y se sigue haciendo hasta nuestros días: impulsar al conjunto de las comunidades musulmanas hacia posiciones mas coherentes con su carácter religioso y menos fanáticas. Es una pena que no se conozcan ni se aprecien los esfuerzos de musulmanes de comienzos del siglo XX en tal sentido, como son los de Mohammed Abdu, Tahar Haddad, Kacem Amin, Ali Abderrazak y otros, y hoy del tunecino Mohamed Charfi, del sudanés Abdullahi Ahmed An-Na'im, de feministas como la doctora Fátima Mernissi y Nadia Yassin, ambas marroquíes, la irania Shirin Ebadi, la saharaui Jadiya Amdi y de otras figuras verdaderamente admirables y beneméritas. La segunda razón consiste en que, si el proyecto de alianza de civilizaciones se propone, como creo, una labor pedagógica lenta, constante y profunda en las distintas comunidades, hacer rechifla de él es tirar por la borda los posibles efectos de una tarea sumamente difícil como la indicada