Se ha celebrado el acto en recuerdo de las víctimas de ETA y, como siempre, algunos ya andan vendiendo negatividad. Lo tachan de efectista, insuficiente, electoralista y tardío. Y eso que, como nunca, un lehendakari ha pedido aquí perdón y confesado que no hemos estado a la altura. A mí, aparte de la sensación de estar girando en una noria sempiterna y desesperante, la protesta de los quejosos me provoca calambrazos en la memoria. Dicen que todo esto llega tarde. Y, claro, llega tarde. Pero, como cantaba Loquillo, ¿dónde estabas tú en el 77? José María Calleja, que no es muy aranista, cuenta en su imprescindible La diáspora vasca el lamento de María Victoria Vidaur, cuyo marido, apoderado de la delegación de Tabacalera Española en Bilbao y afiliado a Alianza Popular, fue acribillado por la espalda en 1982 en Algorta: "Tus amigos no iban a los funerales, era un acto de heroísmo asistir. A los muertos se les enterraba en la clandestinidad, como avergonzados, sin darles el trato que merecían. Sacaban los féretros a escondidas, por detrás del Cuartel del Garellano, y los familiares tenían que entrar por la puerta de atrás para que no les vieran. En el partido me habían prometido que me encontrarían un trabajo con el que poder vivir mis cuatro hijos y yo, pero no cumplieron". Edurne Uriarte, que no es muy abertzale, explica así el cambio de su gremio: "El repudio a los criminales ya no está sólo en la política, se instala en la calle. La pregunta inevitable es dónde estaban los intelectuales hasta ahora. Por supuesto, algunos estaban ahí desde siempre. Pero es verdad que podemos hablar de intelectuales como grupo amplio comprometido contra ETA desde hace poco tiempo. Ha dicho Juan Aranzadi que han empezado a reaccionar cuando se han sentido objetivos de ETA. Tiene algo de razón, y su tesis deja en evidencia que la dejación, la miseria moral o el miedo afectan a los intelectuales como a todos los demás".
Los papistas descalifican por su tardanza homenajes como el del Euskalduna, y cabe preguntarse con qué derecho ponen en marcha el reloj de la historia, y el de la bondad, justo cuando ellos se cayeron del caballo. Esa caída, en muchos casos, se produjo allá por el asesinato número 654, lo cual no es para colgarse medallas. Ni tampoco otorga permiso ético para pegar un portazo a los que han despertado después. |