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L AS encuestas, y las estadísticas que se sacan de ellas, pueden ser la madre de todos los despropósitos y, pese a ello, buena parte de las decisiones que adoptan los gobernantes y los políticos en general se fundamentan en esa práctica que lo mismo te dice que los personajes preferidos por los vascos para irse de cañas son Ibarretxe y Zapatero, como cuantifican en diez minutos el tiempo que dedican cada día a hablar los padres y sus hijos o dan por sentado que "lo más saludable" es hacer el amor tres o cuatro veces por semana. Según. Éste es el antídoto más eficaz. Decía Julio Anguita, para echar por tierra la estadística como valor absoluto, que si hay dos pollos para repartir entre dos personas, estadísticamente una y otra acabarán ahítas, mientras que la realidad suele dictar que una se pega un atracón y le da lo que sobra a su perro, mientras la otra sigue en ayuno forzoso. ¿Un pollo para cada uno? Según. ¿De cañas con Ibarretxe y Zapatero? Según. ¿Diez minutos de charla al día con los hijos? Según. ¿Hacer el amor tres o cuatro veces a la semana? En fin.
Los técnicos en prospecciones sociológicas deberían revisar el factor de corrección que aplican por la tendencia de casi todo encuestado a tratar de aparecer ante el entrevistador como un ciudadano modelo, es decir, la tendencia a mentir. Si hicieran una encuesta preguntando a cada persona cómo se ve a sí misma, el resultado sería que este mundo está plagado de seres solidarios, pacíficos, amables, generosos y dialogantes. Si, en cambio, se hiciera la pregunta sobre la opinión que a cada uno le merece el prójimo, el mundo herviría en un mar de quisquillosos, tiquismiquis y desaprensivos. Y mundo sólo hay uno. ¿Que las encuestas no lo pueden cambiar? Según. |
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