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eSTA misma semana hemos vivido la fiesta de graduación de nuestro hijo en la Universidad de Navarra. Hemos acudido a esta celebración no sólo sus padres, hermana y primas, sino tíos, parientes y amigos. Ha sido muy emocionante y, sin embargo, ocurre con tal frecuencia que no suele ser noticia.
Nuestra sociedad, por este criterio informativo de destacar sólo las excepciones negativas, está perdiendo referencias de excelencia. Asistir a una sobria y tradicional ceremonia, escuchar el Gaudeamus Igitur, y reunirse para ritualizar la madurez de uno de nuestros jóvenes es algo grandioso y memorable. El himno universitario glosa ideas a transmitir: ¡Alegrémonos, pues, mientras seamos jóvenes! ¡Viva nuestra sociedad! ¡Viva la Universidad! ¡Vivan los que estudian! ¡Que crezca la única verdad, que florezca la fraternidad!
Ha sido un día que nos ha rejuvenecido a todos, hasta a los abuelos del nuevo titulado. Nos hemos felicitado mutuamente toda la comunidad que ha logrado un éxito tan notable: Convertir a unos desmañados adolescentes en adultos maduros, competentes y cabales. Ellos han agradecido a sus familias y a sus profesores la esperanza y el empeño que hemos puesto en su formación; los padres hemos elogiado la labor de esta Universidad que ha transformado a nuestros hijos como profesionales y como personas; y los profesores nos han reconocido por la confianza que depositamos en ellos.
Y todos les hemos agasajado a ellos, a los protagonistas, a los nuevos graduados que han entendido cómo los días y las noches estudiando les han otorgado seguridad y se han demostrado cuánto más podrán hacer por sí mismos y por los demás.
Cuando vemos a nuestros hijos convertirse en aparejadores, en profesoras, en médicos… ratificamos lo que siempre supimos: Que la educación es fuente de vida, de sabiduría, de felicidad y de progreso personal y social. Que merece la pena estudiar, en primaria, en secundaria, en formación profesional, en la universidad…
Mikel Agirregabiria
Bilbao |
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