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Estoy bajo de betaendorfinas. La misteriosa fábrica del bienestar se ha declarado en huelga desde que se enteró de que quizás me haya comido la última anchoa del Cantábrico. Sí, la última. No sé si fue en el Basaras, coronada por una divisa primorosamente colocada por Marce; o acaso llegó de Hondarribia como las preparaba el mítico Ttapikua, que con su parche me hizo creer en los piratas y alimentó sueños infantiles; o fue a la papillot; o frita; o rebozada. ¡Ay! ¡Ni me acuerdo del funeral que le di!
Digo la última porque en La Rochelle han pescado toneladas de algo que dicen que debe de ser anchoa, pero no me lo creo. El primer día la vendieron en lonja a 80 céntimos de euro el kilo. Tuvo que ser harina y no plata marina.
Pero la astenia ya avisaba desde que las aguas del Ebro anegaron hectáreas donde empezaban a asomar los espárragos de Navarra; y se agravó cuando leí que en la Ultzama nos van a cobrar a los @setas guipuzcoanos diez eurazos diarios por saciar nuestro instinto depredador de boletus edulis. Es comprensible: dice el alcalde de este valle navarro que andamos por ahí dejando todo hecho una porquería. Allí han aprendido a tiempo la lección del desastre ecológico que se avecina. Nosotros llegamos tarde. Recuerdo cuando en la playa de Hondarribia acampaban las familias navarras y la chiquillería, salabardo en mano, desnudaba las pozas de quisquillas. Guardo aún la imagen de la amona bajo la sombrilla vigilando las pochas, que espero que no corran la misma suerte que las quisquillas; las pochas, no las amonas. O tempora, o mores...
Ahora no quedan ni quisquillas, se raciona la colecta de hongos, la amona está en Benidorm con su novio haciendo gimnasia, me he comido la última anchoa y los espárragos escasean. Estoy nostálgico. Es la astenia. Tendré que recurrir a la vacuna: unos callos con morros en el Boliña Viejo de Gernika, esta semana capital de todas las memorias y esperanza de todos los deseos de justicia. |
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