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Una monedita, por amor de Dios
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ya llega, como todos los años por estas fechas, la temporada de comuniones. Y sin entrar en la valoración de las creencias y la fe de cada uno, resulta llamativo, y cada vez más, las ilusiones con que cada niño acude a esta cita.
Antes, cuando nuestros padres, el asunto era cuestión de sí o sí. Si la familia era practicante (ay, si no), en casa se vivía la religión de manera normalizada, y el niño se acercaba a esta fecha con el alma abierta, deseoso de cumplir con los propósitos y virtudes que se le suponían obligadas.
Después, ya se hacía la comunión con una mezcla de sentimientos: como te habías hecho tan amigo de tus compañeros de catequesis, te apetecía compartir con ellos un día distinto, como de fiesta, para el que habías ensayado durante semanas y, además, se conseguía reunir a la familia, incluso a esos primos y tíos que sólo veías de vacaciones o ni eso, y que, como muestra de felicidad compartida, se estiraban y te daban un poco más de paga o te regalaban ese fabuloso reloj de manecillas que tanto habías pedido (ya eras mayor, llevabas reloj de verdad y no uno pintado con boli que siempre marcaba la hora que habías elegido... Y ya puestos, claro, que fuera la hora de salida del colegio).
Ahora no. Ahora los niños no esperan regalos con motivo de la comunión: ahora exigen. Exigen todo tipo de aparatos digitales (leáse: móviles de última generación, Mp3, reproductores audiovsuales...) y, agarrénse, viajes estupendos con todos los gastos pagados para padres y hermanos del celebrante. ¡Alucinante! Y lo afirmo de primera mano, porque mi sobrina mayor ha pedido, sin nigún tipo de reparo, que le demos dinero, que quiere llevarse a los aitas y al hermano una semanita a ver las pirámides de Egipto. Como lo leen.
Ay, angelitos...
Itziar Elorza
Bilbao |
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