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Dicen que la mesa de trabajo suele ser un espejo de la vida interior. Me asusto ante esta creencia porque debo de estar en la primera línea de los seres humanos incapaces de llevar con coherencia el cada día individual.
El desorden puede convertir mi cabeza en un caos. El caos más íntimo y angustioso que puedan imaginarse. Cierto que para descargar mi conciencia, por lo menos una vez al mes, cuando ya no sé dónde dejé una ficha, una dirección, una tarjeta o una carta, hago limpieza y, aunque sé que al día siguiente no encontraré nada por mi pulcritud precipitada, también comprendo que seré capaz de poder escribir estas líneas que ahora están leyendo. No soy buena consejera pero, por favor, les ruego que mi experiencia -la mía y la de más personas inconstantes como yo- les sirva para hacer una cosa después de otra.
He tardado en ponerme a escribir porque antes de empezar tengo que diseñar el tiempo en espacios y procurar adaptar mi desorden al orden.
Para mi vergüenza he de decirles que me siento agobiada porque debo contar los espacios de este artículo. Hasta hoy me he dejado llevar por mis deseos de narrarles algo sin preocuparme si entraban en la página o no mis inconstantes opiniones, largas o cortas, según mi concisión o ganas de escribir. (La inconstancia no quiere decir que mi criterio sea variable). La primera vez que escribí un cuento me supo corto. Tenía que relatar muchas cosas en poco espacio. Quizás así escribí lo primero parecido a una novela. No tenía quien me cortara y me dijera "te has alargado, ya vale". Y, quizás por eso, seguí escribiendo un folio y otro y otro… Y, cuando me cansaba, pensaba "mañana sigo". Sin obligaciones, sin el compromiso de plegarme a 3.000 espacios.
Usted se reirá si le digo que yo trabajaba en un periódico, "La Gaceta del Norte", donde me cogían el folio de la máquina y lo llevaban a componer al taller. Cada letra tenía que hacerse plomo, pasar a una linotipia… Y escribía una entrevista y te cortaban lo mejor, lo que tú creías lo mejor, porque lo habías cuidado con una especie de broche final, terminadito y bonito. Este desgarro te pasaba tantas veces que intentabas que entrara todo lo que querías contar. Pero siempre te arriesgabas y tenías que anular la entradilla, un poco del medio y casi siempre, inevitablemente, la terminación. Y, ahora, cuando ya me había acostumbrado al capricho del ordenador -empiezo, corto, pego, subo y bajo, sin problemas de líneas-, hay un nuevo y ordenado formato en este querido diario que manda mi desorden al garete y me impone su espacio dentro de esta página que, de ahora en adelante, será armónica y adaptada a los espacios que exige un ordenador misterioso que compone el periódico sin necesidad de plomo ni de máquina de escribir. Todo cambia y todo mejora, y, ya ven, he de acostumbrarme a este nuevo orden que me impone el ordenador del periódico. Soy tan despistada que hasta esta mañana no me había dado cuenta de que ordenador es eso: orden. Intentar poner orden en mi desorden mental.
Otro día les contaré el lío que tengo dentro de mi escritorio de Macintosh. Es… en fin, terriblemente parecido al jaleo de mi mesa que hoy he jurado que solucionaré definitivamente. Bueno… hasta el mes de mayo. Y mientras empezaré a contar los espacios. Tengo que escribir en formato Word un máximo de 4.200 caracteres sin espacio y un mínimo de 3.000. Es una idea fija en esta mañana. Estoy tan obsesionada que este folio y medio es, como decía Benavente, la idea fija que siempre parece una gran idea, no por ser grande, sino porque llena todo el cerebro.
Al fin no les he contado nada y me olvidaba lo más importante: a mi amigo el benedictino Juan José Agirre, organizador y alma del Archivo de Lalkao, le han concedido el premio internacional "La pluma Pen". Un premio por mantener con amor el silencio sonoro de las palabras en un orden estricto y puntual. Siempre el ejemplo de los demás ayuda.
Este artículo tiene 3.307 espacios. El próximo me costará menos. |
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