La metralla franquista alojada en la cabeza de Jesús Moreno no ha conseguido hacerle olvidar los episodios de la Guerra Civil que le tocó vivir cuando tenía diez primaveras . En 1937, el de Arrasate salió con vida de los bombardeos de Durango y Gernika y, aunque malherido, también de un tercero en Turtzios. Meses antes, además, fue testigo de la explosión de un bomba de cañón quizá procedente del frente de Intxorta y que, descontrolada, impactó en la plaza de Elorrio. Hoy hace 70 años, sus curiosos ojos permanecían tan abiertos como asustados mientras bombardeaban Gernika. Ayer, el recuerdo aún le olía "a pólvora" en una visita que realizó junto a DEIA por los cuatro escenarios de muerte que el destino le ayudó a esquivar.
Jesús Moreno nació en la calle Iturrioz de Arrasate, hijo de Justo e Irene. Cuando el padre se apuntó de voluntario al Batallón Loyola, Irene se refugió en Elorrio junto a sus tres hijos -Jesús, Nati y Erenia-, en casa del famoso pelotari Izagirre. Allí nació el cuarto retoño: Imanol. "Un día oímos entre 20 y 25 cañonazos y una bomba fue a caer sobre la tienda de Tribuli. Tras escuchar las sirenas y campanas nos refugiamos todos en la iglesia de la Purísima Concepción, adonde íbamos cuando había alerta", rememora.
El suceso obligó a un nuevo cambio: a Durango, a instalarse en la casa de la conocida Rosa María Matute, en la céntrica Goienkalea. Días más tarde fue 31 de marzo, día que pasaría a la historia por ser el primero en el que se bombardeó a población civil.
Durango
Esa mañana, Moreno y otros niños esperaban a que en la iglesia de San José salieran los adultos. Entonces, comenzó el bombardeo italiano. "Un hombre nos abrazó a mi hermana y a mí y nos metió en un portal de enfrente de casa. ¡Ya le hubiera pagado una cena!", agradece. A pocos metros, su madre y hermanos, aunque bombardeados, también salían ilesos. Durango era un caos de sangre, destrozos y desconcierto. Huyeron a Mañaria y en el camino fueron ametrallados desde aviones. "¡Hay que ser malos!, ¿eh?", cuestiona con sorna.
Jesús era la avanzadilla. Vivo como él solo, fue a buscar un caserío donde refugiarse. Pronto halló morada. Por la tarde, aunque de nuevo bombardearon la villa, la familia volvió a Durango, al cementerio. El hijo de Rosa María Matute había muerto en la misa de San José junto a otros fieles, como otros de Santa María, ciudadanos y monjas de Santa Susana. "Recuerdo que había cientos de muertos y a mí como era un crío no me dejaron ver el cuerpo del señorito".
De noche, volvieron a dormir a Mañaria y pronto comenzaron a buscar otro destino, a la larga erróneo: Gernika. A la villa llegaron una noche en una camioneta del Batallón Loyola conducido por el comandante Txomin Sarasketa, padrino de su hermano Imanol. "Por la noche también andaban aviones, por lo que condujo sin luces y nosotros tapados con ramas", rememora.
Gernika
Durmieron en el suelo de un caserío que Moreno aún ayer trató de localizar en la visita a la villa. Una mañana de plaza se levantaron y la madre fue a comprar. Era hoy. Pero hace 70 años. También logró sobrevivir. "No se veía nada a cinco metros. Sólo había humo y se oían lloros y gritos. Olía a pólvora", casi telegrafía.
Jesús miraba ayer a un avión que surcaba el cielo de Gernika. "Soy sentimental y estas cosas... En el homenaje del 31 de marzo en Durango lo pasé mal. Fue entrar al cementerio y recordar la noche que fuimos a buscar al señorito y, de pronto, enfrente veo el panteón de los Matute y, !leches! Me costaba hasta respirar. Y mira que soy fuerte, ¿eh?", constata. No es la única secuela: "Acabada la guerra, si iba por el monte y oía un avión seguía tirándome al suelo. Y no sólo eso, he montado dos veces en avión, por mi mujer, pero no vuelvo. Me siento, apoyo la cabeza en el asiento de delante y sufro hasta llegar".
Turtzioz
Tras Gernika, fueron a la casa del Marqués de Villaverde en Turtzioz. Al poco fue la caída de Bilbao. "Estaba con unos soldados y les avisé que venían 8 aviones. De pronto me vi solo. Me escondí bajo un pino, y al caer las bombas mi cuerpo votaba como una pelota. Me caía sangre por la cabeza, pero del susto no sentía nada". A día de hoy aún tiene metralla en diversas partes de su cuerpo, heridas curadas en el balneario de Karrantza.
La vida le condujo más adelante a Santander, Cabezón de la Sal y al exilio durante siete meses en Francia. Durante dos años, vivieron sin noticia alguna del padre: ni buena ni mala. "¡Imagina qué duro es eso!". Pero Justo estaba vivo. Les llegó una misiva suya una vez regresados a Arrasate donde vivían 13 familiares juntos y con el sueldo único de la abuela. Con 12 años comenzó a trabajar de recadista. "La guerra fue muy dura y yo he tenido una vida difícil, de continua lucha. Hoy es el día que más feliz y mejor vivo. Lo que no comprendo es cómo sigue habiendo guerras. ¿Sabes? A mis 80 años sólo echo en falta una cosa: poder correr".