Cuentan que cuando ese 26 de abril de 1937 las bombas de la Legión Cóndor destrozaban Gernika, a miles de kilómetros de distancia, en Berlín, la Torre de las Campanas también resonaba con fuerza llamando a las juventudes hitlerianas a formar filas. Hoy las campanas ya no suenan ni en un lugar ni en otro. Al menos, no por motivos bélicos. La torre, situada junto al Estadio Olímpico y construida de la misma manera que el impresionante coliseo deportivo para la ocasión de los juegos de verano de 1936 como objeto de culto a Hitler, simbolizó durante años una de las caras más amargas de la historia alemana reciente. El martes, en este escenario tan lleno de esas marcas de la vergüenza que el pueblo alemán se encarga desde hace décadas de ir descubriendo para que nunca se olviden, se empezó a reescribir un capítulo imprescindible. El coreógrafo y performer donostiarra Mikel Aristegi firmó un emotivo pacto con la paz representando Ezustekoa , espectáculo en el que rescató la historia de su abuelo, asesinado por las tropas franquistas en Hernani durante la Guerra Civil. Una actuación carente de rencor pero contundente en la expresión de los hechos. Porque no sólo las palabras son necesarias. El arte es un arma masiva para conmover. Gernika no sería lo mismo sin Picasso.
Era el primer gran acto de un nutrido ciclo cultural conmemorativo del 70 aniversario del bombardeo que, bajo el título de Bakea gogoratuz , ha impulsado el Instituto Cervantes de Berlín en colaboración con la Embajada española, el Senado berlinés y la Asociación Gernika vasco-alemana.
El caso es que ese día en la sala en la que durante el nazismo se rindió homenaje a los soldados alemanes muertos al comienzo de la I Guerra Mundial (en su mayoría jovencísimos estudiantes a los que en su momento se elogió como "patriotas", los patriotas del Deutschland über Alles ), los papeles del destino se intercambiaron diametralmente. Así lo apreció en su discurso previo el historiador alemán Wolfgang Wiepermann, para quien el acto en sí debe "recordar el crimen de guerra de Gernika en un lugar contaminado históricamente, donde hace años se olvidó. Es el camino inexcusable para avanzar en la construcción de una identidad europea y una memoria colectiva".
Palabras de reconciliación y de extensión de puentes entre culturas, que también salieron de la boca de la senadora de la ciudad y secretaria de Estado, Barbara Kisseler, quien criticó duramente "la persecución del terror como meta última de la guerra". La encomiable voluntad de los ponentes dio un carácter de gran solemnidad al evento, ni siquiera empañado por sus accidentadas pronunciaciones en euskera.
Un simbolismo que estaba presente en cada rincón. El propio Mikel Aristegi declaraba a DEIA horas antes de su actuación que "se sentía pequeño ante todo esto". "La obra se representó por vez primera el pasado noviembre en el Museo Chillida Leku y traerla ahora a Berlín supone cerrar un ciclo en cierta manera", aseguró, para añadir después: "Justo ahora se cumplen además seis años desde mi llegada a Berlín (el artista reside y trabaja en la capital alemana) y mi aita tenía seis años cuando el aitite murió".
Precisamente su padre tiene un papel muy relevante en la performance . En un sobrio escenario compuesto únicamente por un escritorio y una pared de papel, José María Aristegi realiza una lectura inicial de un poema escrito por él, Agur Aita, bihotzeko laztana . Una oda cargada de sentimiento que crea al espectador un nudo en la garganta, y que luego se refuerza con la limpia brusquedad de los movimientos de agonía que su hijo ejecuta. Al final, todo aplausos.