bilbao. Vino la Tía lluvia, hermana de la Madre naturaleza, peripuesta y del brazo del Festival del Club Taurino, como si cumpliese con la tradición de regar cada año esta fecha. Cayó agua y brotaron las alegrías de la huerta, desde el desparpajo de Juan José Padilla hasta la templanza de Manuel Jesús El Cid, el mando de José María Manzanares o la voluntad de hierro de Iván Fandiño. ¿Para la memoria, dice usted...? Una serie de naturales cadenciosos de El Cid, abrochada con el redondo hilado a un cambio de mano propio del arte de la prestidigitación.
Antes había toreado Paco Ojeda, quien por momentos recordó a un Cristo con los pies clavados sobre la madera del albero. Fueron esencias de un toreo sin enmienda, leído a renglón seguido. Otro cantar fue Juan José Padilla. El Ciclón de Jerez recitó el papel de hombre orquesta: largas cambiadas de recibo, pares al violín, brindis a la madrina que le cupo en suerte, cita con el toro de rodillas y en la distancia, molinetes y desplantes para cortar una oreja que también ganó a la ley, ya está dicho, El Cid, por una faena suave construida con algodones. José María Manzanares, con una serie de naturales de dientes apretados tras un revolcón aparatoso, trenzó una faena de poder, privilegio que no le fue dado a Iván Fandiño, quien hubo de arrancar idéntica recompensa, una oreja, a dentelladas con una faena de desplantes. El material de derribo que le cupo a El Juli hizo imposible que éste se sumase a la caravana triunfal. |