bilbao. El pontevedrés Román Padín es un claro ejemplo de cómo el amor al arte puede vencer inercias que parecían irrefutables: abogado nacido en una familia propietaria de una conservera, dejó hace diez años su trabajo en la industria familiar para dedicarse a su verdadera vocación: el arte. Ayer ofreció una conferencia en el Museo de Reproducciones Artísticas bilbaino, invitado por la Asociación "Belleza Infinita", acerca de cómo el arte influye en la fotografía de moda, investigación que se traducirá en su doctorado en Bellas Artes.
De una conservera a crítico de arte. ¿Ese es un salto del estilo "Mamá, quiero ser artista"?
Paralelamente a mis estudios de Derecho, como ya viajaba mucho, tenía mucha información e inquietudes artísticas, y como estaba vinculado a las galerías gallegas, empecé a pintar expresionismo figurativo alemán, y me gustaban las joyas por lo que empecé a hacer un poco de coleccionista con amigos. Y sé más de cuestiones de Arte que de Derecho, me he pasado toda la vida comprando libros y estudiando, viendo exposiciones, visitando museos...
Pero, ¿hubo un "interruptor" para dejar definitivamente ese trabajo?
Bueno, el grupo conservero era de mi familia y cuando me incorporé, mi padre falleció, con 47 años. Si él hubiera vivido, probablemente habría trabajado paralelamente en Arte, pero tuve que esperar para salir cuando pude.
Es bonita esa trayectoria de "finalmente me dedico a lo que me gusta", con una actividad prolífica y humanista (música, arte...).
Sí, y todo se une para mí por el interés de la cultura de difusión popular. Por eso me interesa la fotografía de moda, y por eso he sido muy shopper (comprador). Eso conexiona mi interés por caminar por la ciudad y ver todas las cosas que te vas encontrando.
¿Cómo es eso de que se sorprendió entrando en un museo con las bolsas del shopping o viceversa?
En mi infancia, mis padres iban mucho de compras y de viajes. Y cuando estudiaba en Inglaterra, en algunas de las zonas más bonitas de Londres o la campiña inglesa, había anticuarios junto a las casas señoriales o tiendas junto a los museos. Lo más compatible era hacer una actividad en la que no excluir nada, porque a mí me gusta mucho mezclar las cosas; ir de compras y de museos, por mironguear, pues no siempre compras. Con los años, me enteré de que Walter Benjamin ya alrededor de la II Guerra Mundial reflexionó sobre esto: el tipo que va por la ciudad, el paseante, que se maravilla de todas las cosas que ve, la fascinación por el encuentro fugaz con la mujer que se mueve con elegancia por la ciudad... Y él a su vez lo estaba retomando de los poemas de Baudelaire, Los Pasajes de París.
¿Y cómo llega a esa investigación sobre el arte en la imagen de moda?
A la hora de decidir qué podía investigar en la Facultad. Llevo comprando libros y revistas de moda, y recortando fotos, unos 25 años. No me interesa la moda, sino la fantasía de la gente que trabaja en torno de ella, cómo Helmut Newton se inventa el ambiente para contar qué es la chaqueta. Las campañas que me interesan, con los mejores diseñadores, fotógrafos, etc., tienen múltiples lecturas y registros y encuentras muchas fuentes de conexión con la Historia del Arte, con lo cual es más rico y bonito.
En la conferencia mostró a diez grandes diseñadores.
Uno de los que hablé es Thierry Mugler. Alsaciano, está influenciado por las culturas alemana y francesa. Por ello, en sus fotos y diseños hay muchas evocaciones del Anillo del Nibelungo de Wagner. Tiene mucha relación con las estéticas de los fascismos, y las arquitecturas megalómanas, las retoma para hacer las fotografías de sus campañas de publicidad, con personajes pequeñitos en grandes arquitecturas, de forma que parece que estás viendo una escenografía urbana. |