REcuperar los vestigios del pueblo saharaui es el objetivo de Andoni Sáenz de Buruaga, profesor de prehistoria de la UPV, y de un grupo de arqueólogos vascos que año tras año acuden al desierto más árido y extenso del planeta para revolver sus entrañas.
Esta pequeña expedición de profesores colabora y alecciona a la República Árabe Saharaui Democrática sobre cómo realizar trabajos arqueológicos en sus territorios liberados. "Llevamos cuatro años en esto y se nos atribuye el trabajo de la mitad del territorio que ellos controlan, una superficie de 30.000 km2, denominada Tiris", explica Sáenz de Buruaga. Durante casi un mes, y con un solo vehículo que les concede el gobierno saharaui en el "vamos seis o siete personas", trabajan en duras condiciones laborales. Sin embargo, este experiencia científica y de cooperación, revela año tras año descubrimientos increíbles.
El trabajo de un equipo Desde 2005, el grupo de expertos vascos ha creado un equipo de trabajo estable en la zona formado por licenciados en historia, geografía y etnografía. Acuden al desierto durante el mes de marzo, "más adelante las temperaturas resultan insoportables", para continuar con las excavaciones del año anterior. Sáenz de Buruaga explica que la investigación, "con las limitaciones que impone el Sahara", se divide en varias líneas: arqueológica, búsqueda de civilizaciones y de patrimonio, así como de estudio del ecosistema y el contexto en que esas civilizaciones se desarrollaron y en el que vivían esas poblaciones.
"También queremos acercarnos a los comportamientos de antes a través de encuestas etnográficas", explica el profesor de Prehistoria de la UPV. Además, a los pocos días de volver de la expedición de 2007, el investigador anuncia que en esta ocasión "se ha puesto en marcha una vía de estratos lingüísticos para tratar de recuperar el mayor número posible de topónimos, y así descubrir los idiomas que se han hablado en el Sáhara".
"Trabajar en esta región del planeta es muy duro, ya que es el desierto más extremo del mundo, pero al mismo tiempo, los descubrimientos que hacemos son espectaculares", opina Sáenz de Buruaga. En este expedición los resultados han sido más interesantes que nunca. "Hemos visto cosas por primera vez en la historia, ya que habían permanecido ocultas bajo las dunas de arena, como una gran estación de arte rupestre con más de 35 bloques con jirafas, caprinos y motivos circulares que ponemos en relación con el culto a los astros", explica.
Varios centenares de yacimientos y más de un millar de necrópolis funerarias son los hallazgos más significativos. Las necrópolis contienen sepulcros tumulares fundamentalmente, es decir, montecillos artificiales con el que cubrían las tumbas, algunos de ellos de dimensiones extremadamente grandes, llegando a superar los 100 metros lineales entre el año 6.000 y 3.000, fecha a partir de la cual no se puede desarrollar una vida sedentaria en la zona y que sólo es soportable para nómadas como los beduinos, según la datación del equipo.
"Este año también hemos localizado antiguos lugares de ocupación de gente del paleolítico inferior, situados entre los años 8.000 y 3.000. El Tiris era una zona muy visitada y usufructuada en aquella época", afirma. "Hay lugares que no conocían ni los propios beduinos aunque, al aparecer, fueron abandonados inmediatamente". En estos yacimientos los expertos de la UPV han recuperado vasijas, hachas o muelas para moler el grano.
UN POZO EN MEDIO DEL DESIERTO La sorpresa de esta edición ha resultados ser, sin embargo, el descubrimiento de un pozo seco en medio del desierto, cuyas paredes revelan el ecosistema de hace miles de años. "Hasta febrero de este año había permanecido oculto bajo la arena ya que años anteriores sufrimos un viento estremecedor", comenta Sáenz de Buruaga. "Toparnos con él ha sido muy importante porque en las paredes del pozo hemos visto restos de hace 4.000 años que confirman que hace 10.000 allí hubo un gran lago. Es un descubrimiento que nos ayuda a comprender cómo en un lugar inhóspito, sin evidencias acuíferas, en otras épocas sí las hubo".
Tan sólo media docena de personas han podido contemplar por primera vez los tesoros que esconde uno de los lugares más extremos del planeta, pero los arqueólogos vascos apuntan a que si no son más personas, se debe a la limitaciones con las que se topan para realizar este proyecto. "Somos entre cinco y seis vascos y otros cinco o seis saharauis. Nuestro objetivo es que vean la riqueza que tiene su tierra y transmitirles enseñanzas para que ellos mismos puedan continuar con la labor de rescatar y preservar su patrimonio", señala Andoni Sáenz de Buruaga.
Una labor que realizan de manera voluntaria, aprovechando las semanas de vacaciones de las que disponen con el fin de denunciar "una injusticia histórica", que no es otra que la que vive y sufre el pueblo saharaui. "Nos gustaría poder ir al Sahara dos veces al año y por lo menos permanecer allí un mes cada vez", concluye Sáenz de Buruaga, quien explica que todo el material descubierto queda bajo la protección del Frente Polisario. |