Duración 76 minutos. 16 de juego real.
Saques Seis de Juan Martínez de Irujo por tres de Abel Barriola.
Pelotazos 298 pelotazos a buena.
Marcador 0-5, 1-5, 4-7, 5-7, 7-8, 8-9, 10-9, 13-11, 13-14, 14-15, 15-15, 16-17, 17-19, 20-19, 20-20 y 20-22.
Incidencias Muy buena entrada en el Ogueta de Gasteiz. El dinero salió doble a sencillo en favor del campeón, Martínez de Irujo. Abel se retiró al vestuario con el 4-7 en el marcador por un pinchazo en la ingle de su pierna izquierda. Fue atendido en el vestuario durante diez minutos donde se le colocó un vendaje compresivo. Con el 15-17, Irujo también visitó el vestuario por un problema en su rodilla derecha. gasteiz. Abel es un acto de fe. Absoluto. Sin aristas. Obsesivo. Firme. Único. Convencido. Sólo desde más allá de lo tangible se puede comprender al nuevo Abel, al que eliminó a Juan Martínez de Irujo del Manomanista en el Ogueta de Gasteiz en un duelo visceral, emotivo y de calidad justa. La biografía de Abel se atascó hace tiempo en las venas de su inerte derecha. De campeón a desconocido. Ahora invierte el recorrido. Día a día. Sin resuello. Hasta ser otro. Evolución. "Estoy más curtido. He madurado". Aprendizaje vital. Fe en uno mismo.
Abel es ahora un depredador. Sin debates morales. Pétreo. Sí o sí. Las dudas no tienen cabida en su nuevo equipaje. Ese territorio, el de las elucubraciones, es mortal para cualquier competidor. A Irujo, el hombre firme, le visitó esa molesta compañía en el peor momento. Su derecha no respondió a la exigencia y tuvo que improvisar. Mal asunto porque se pasó medio partido buscando explicaciones. Resituándose demasiado a menudo.
Barriola, por contra, hizo lo que había pensado. No cedió jamás. Presionó constantemente al campeón. Martínez de Irujo no hallaba el norte. Incómodo en la nueva situación dibujada por un rival con alma de gladiador. Sin miedo. Apretó el de Leitza desde todos los flancos. Sin cuartel. Juan, con la diestra mate, no gozó. La iniciativa correspondía a Abel. Sin embargo, su agujero en el resto rescató al de Ibero, obligado a jugar de zurda. Eso mantuvo la igualdad.
En un partido donde mandaba el estómago, a Martínez de Irujo le pudieron los nervios. Se le nubló la vista. Carente de la confianza necesaria en su juego declinó tomar riesgos para jugar a fallar menos. En cambio, erró más. Una decena de pelotas. Media vida. Se vendió en muchos pasajes, en situaciones ventajosas. Juan no era él, no al menos del todo. Entonces Abel encontró la grieta y palanqueó. Abrió la puerta. En una dinámica de constantes igualadas y exiguas ventajas, en una frenética noria emocional, Barriola mantuvo el pulso firme y la cabeza fría para ejecutar al campeón en un acto de fe.