La vuelta al orden que propone Sarkozy, es decir, la derecha, que ha cautivado a millones de franceses y francesas, es una vuelta al orden que difícilmente puede llevarse a efecto. Claro que también era improbable la nueva Francia del desorden creativo y la celebración de la diferencia que proponía Royal, la nueva esperanza frustrada de la izquierda francesa.
En realidad, ambos candidatos apelaban a una misma aspiración imposible: volver a situar a Francia al frente de Europa, mostrarse como el Estado moderno, orgulloso de su propia cultura pero siempre dispuesto a apropiarse de lo mejor de lo ajeno, que señala seguro y satisfecho el camino a seguir al resto. Recuperar la dulce Francia. Reinventar -imposible eludir la expresión- la grandeur francesa. No en vano, esa ilusión formulada de maneras ciertamente contradictorias fue la que acabó movilizando a la inmensa mayoría de la ciudadanía.
Pero aquella Francia cuasiperfecta sólo existió en la percepción que los franceses tuvieron de sí mismos durante décadas. De igual modo que la dulce Francia que cantaba Charles Trenet durante la ocupación nazi y en los años de posguerra, era en realidad agridulce y tenía como telón de fondo la Guerra de Argelia. La Francia frívola y feliz de los años sesenta y setenta albergaba una profunda crisis de autoridad y daba forma a un nuevo malestar social que escapaba a la gramática de la identidad nacional francesa. Mucho mejor que los grandes partidos que se sucedían al frente del poder en la República, fue sin duda le Pen quien primero supo ver la magnitud del cambio que se avecinaba. Su discurso populista fue el primero que puso el dedo en la llaga. Cuanto más dinamitaba la corrección política mejor conectaba con amplios sectores de la sociedad francesa. Mejores resultados obtenía. Lo que para unos era un escándalo para otros era el sentido común y la dignidad nacional recuperada. Los franceses no sabían lo que les estaba pasando pero, fuera esto lo que fuera, no les gustaba.
Llega así la República a descubrir su crisis de sentido. El 'no' francés a la Constitución europea fue la primera gran expresión de ese desconcierto. La ocasión lo permitía. Francia salía por fin de su ensimismamiento pero no para realizar su autocrítica sino para echarle la culpa a otro. No para resolver sus problemas. Sólo para creárselos al resto.
Finalmente, los franceses se han dado por enterados. La llamada de atención ha funcionado. La ciudadanía ha recuperado la calle y la clase política todo su prestigio. La República, se diría, ha recuperado el nervio y la energía.
¿Hasta cuándo? hasta las próximas elecciones legislativas. |