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Campañas de ayer, campañas de hoy
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José Ramón Blázquez
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las campañas electorales se parecen a los exámenes de los estudiantes mediocres, esos que tratan de resolver en pocos días lo que no han hecho a lo largo del curso. ¿Qué es una campaña? Quince días de ansiedad, agitación y sangrado económico para los partidos y una insoportable época de información y propaganda para la gente que, a duras penas, comprende la necesidad de este período pero no acepta el derroche económico y el pertinaz cruce de descalificaciones entre los distintos candidatos. Son quince días para remediar o revalidar cuatro años: los exámenes de la clase política.
En realidad las campañas electorales son el reflejo de la vivencia democrática del país, su carácter y prioridades. Somos como son nuestras campañas y éstas identifican nuestros excesos o defectos, nuestra sobriedad o exageraciones, nuestra timidez o vanidades. Las campañas nos retratan. De hecho, las campañas electorales norteamericanas son muy americanas; las alemanas, muy alemanas; las campañas francesas son muy francesas y las vascas, también, muy vascas. Lo estúpido es construir una campaña al estilo americano en España, como ya lo hiciera ZP.
Lo que va de ayer a hoy en campañas electorales es lo que hay entre el pasado neodemocrático y el presente más o menos libre que gozamos y padecemos. Mi primera campaña fue en 1981 en Galicia (allí conocí a Mariano Rajoy, reservado y aprendiz, tercer candidato por Pontevedra) y de entonces hasta ahora muchas cosas se han tornado más racionales y elaboradas, pero carecen de autenticidad, incluso son más aburridas. Acontece que la gente es menos crédula y más madura, es cierto, pero tiene poca confianza en la clase política y ésta ha perdido la calle y la cercanía popular.
En una cosa se parecen las campañas de ayer y hoy: son poco innovadoras. Se repiten, no buscan alternativas. No arriesgan. Quizás es que el sistema democrático se ha renovado poco. Innovar no es hacer frivolidades, como el desnudo de Albert Rivera, de Ciutadans de Catalunya, que ha imitado a Cicciolina, o las payasadas del Karma Democrático, que es el calco de lo que hace décadas pintaba LKI en sus sarcásticos carteles. Innovar es cambiar; cambiar es mejorar.
Las campañas actuales se estructuran en cuatro bloques: a) la estrategia política, que empieza con la selección de los candidatos y culmina con la definición del programa de gobierno y eventuales alianzas; b) la estrategia informativa, que reúne las acciones de prensa, entrevistas, debates, noticias y apariciones de la candidatura en los medios de comunicación; c) la estrategia de actos públicos, como son los mítines, encuentros sociales, reuniones y eventos festivos de la campaña; y d) la estrategia publicitaria, que arranca con la definición del eslogan de campaña y la realización de fotos y vídeos que se despliegan después en carteles, mailing y buzoneos, anuncios, folletos, merchandising, cuñas de radio e internet. Paradójicamente, las tres primeras estrategias son las más laboriosas, pero las más baratas, mientras que la propaganda es lo menos relevante, pero lo que produce el insoportable boquete financiero a los partidos.
Nadie puede afirmar, con datos, que las campañas electorales son ineficaces. Son muy poco eficientes, sí, pero siguen siendo necesarias. A mi juicio, la solución está en que los partidos, primero, resuelvan su dependencia mediática, porque estar supeditados a los medios de comunicación como casi único canal de contacto con los ciudadanos limita su libertad, y, segundo, recuperen la calle saliendo del búnker de los despachos y mirando a la cara a los ciudadanos. No es un problema de comunicación, sino de esencia política.
Si los partidos no quieren cambiar, internet y el desencanto popular les obligará a innovarse. ¿Cómo serán las campañas electorales del futuro? Si las instituciones y los grupos políticos mantienen fuertes lazos de comunicación y diálogo con la gente, las campañas serán trámites democráticos de presentación de personas responsables y debates sobre ineludibles programas de compromiso. Lo mismo que ahora, pero con menos ansiedad y más seriedad. Y más barato. |
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