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La fuerza de la vida
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Antón Aurre Elorrieta
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el pasado 26 de abril, Gernika se convirtió por unas horas en capital mundial de la paz en la conmemoración del 70 aniversario de su bombardeo por la aviación alemana al servicio del general Franco. Hasta que mi enfermedad me lo ha impedido, yo he sido siempre fiel a esta cita anual, una cita en la que cada año rendimos homenaje a las víctimas del bombardeo y elevamos nuestros anhelos de paz y reconciliación.
Porque la vida continúa, entre otras cosas, porque es más fuerte que cualquier guerra por muchos que mueran y porque los que sobreviven, aunque no todos, la mayoría supera, a pesar de todo, los horrores vividos. Pese a que todavía hoy los autores e inductores de aquel crimen cometido el 26 de abril de 1937 no sólo no han reconocido su responsabilidad, sino que todavía no son pocos los que pretenden negar y rescribir la historia.
Por eso, a los que vivimos esos tiempos de dolor, luto y necesidades nos queda recordar y dejar a las nuevas generaciones testimonios reales de lo vivido.
Yo lo recuerdo como si fuera hoy mismo. Claro, desde la apreciación de un niño de nueve años, que son los que yo tenía en esa fecha.
No voy a describir cómo se desarrolló el bombardeo de Gernika. Tampoco podría hacerlo, ya que lo presenciado es inenarrable. Mucho se ha escrito sobre ello y habiendo leído casi todo lo más duro que se ha publicado, tengo que decir que ninguno ha acertado a describir la realidad de aquella tragedia monstruosa de muerte, desolación y bárbara destrucción. De todo lo que se ha publicado, me quedaría con la fotografía de aquella amama vestida completamente de negro, que sentada sobre lo que pudo salvar del desastre, se agarraba la cabeza en un gesto de indefensión y suprema desesperación, mientras su nieta jugaba a su alrededor con la divina inconsciencia de los niños.
Yo me voy a referir a los días posteriores al ataque aéreo. Viendo cómo quedó la villa, muchos afirmaban que jamás sería reconstruida. Y por si esto fuera poco, tuvimos que soportar la gran mentira, haciéndonos a los vascos responsables de lo sucedido, con grave riesgo de las duras represalias si se contaba la verdad, lo que todos habíamos visto y era evidente.
Pocos días después, roto el frente, fue ocupada toda la zona, sin mayor resistencia, por los batallones de moros y el ejército regular, que no precisaron desviarse demasiado de la carretera, salvo para unas cuantas escaramuzas que fueron suficientes para sembrar de cadáveres su camino. Y llegaron a los montes Bizkargi y Sollube, donde se asentó el Ejército de Euzkadi resistiéndose valientemente contra unas fuerzas muy superiores que contaban con el apoyo de aviones que incordiaban sin que nadie obstaculizara su castigo. Al anochecer, cuando la aviación no podía actuar, era cuando se recrudecía la batalla, recuperando el terreno perdido de día.
En tres o cuatro kilómetros a la redonda, sabíamos dónde había habido heridos y las averías que habían sufrido, así como dónde estaban los muertos y sus tumbas. En nuestras incursiones por aquellos montes observábamos cómo el cúmulo de tierra de los enterramientos iba bajando hasta que se formaba una depresión. Jamás supimos de quiénes se trataba y tampoco si alguien pudo identificarlos. Recuerdo que rezábamos con la máxima seriedad ante estas tumbas de verdaderos soldados desconocidos.
Pertenecemos a una generación de niños que jugaba con las pistolas y granadas que encontrábamos en el monte. Hasta hubo quien perdió su vida o quien dejó alguna de sus extremidades en la cuneta en esos juegos.
Por aquellas fechas, un destacamento de artillería italiano se situó en nuestro pueblo de Aiangiz, a un kilómetro de Gernika, donde estuvo descansando como un mes y, aunque eran enemigos, eran también personas y no gente mala salvo algunos impertinentes, oficiales generalmente. Poco a poco la aproximación se dio y nos regalaban pan blanco para comer y nosotros nos encargábamos de sustraer algo para casa. Aquel pan, cuyo recuerdo habíamos olvidado, era un regalo del cielo.
Los italianos para salir de la monotonía de su rancho diario, viendo la posibilidad de cambiar de menú, acudían a nuestras casas pidiendo cocinare de fabas, pagando el importe que, tímidamente, amatxu, les indicaba. Todavía recuerdo los nombres de tres de los más asiduos: Salvatore, Vituci y Emanuel.
Aún no había maestro en la escuela y apenas teníamos obligaciones. En casa no nos ponían demasiados impedimentos por nuestro trato con los italianos, quienes nos dejaban subir a los cañones y al material móvil para su transporte. Sin embargo, la bronca era segura cuando veníamos infestados de piojos, lo que sucedía con bastante frecuencia. De aquellos jóvenes soldados que, según ellos mismos, no eligieron guerrear sino que fueron obligados a ello, hasta aprendimos canciones italianas, algunas de la guerra de Abisinia.
Se marcharon los italianos y se alejó el frente de batalla más allá de nuestro horizonte, pero regresó el pan negro, racionado con más rigor que nunca, y lo mismo ocurrió con otros productos necesarios. Las denuncias fueron creciendo con inusitada virulencia llenándose las cárceles con prisioneros de guerra y civiles bajo acusaciones indignas. Se permitieron la ignominia de no dejar en paz ni siquiera las tumbas de los muertos, obligándonos a borrar de sus sepulturas las inscripciones en la única lengua que conocieron: el euskera.
Hasta tal punto llegaban estos insultos y atentados contra el dolor general que un franquista que se jactaba de su condición de tal tuvo la desfachatez de organizar bailes en su caserío de Ariztieta a medida que los sublevados iban ganando posiciones. Tal fue el escándalo que el párroco, don Fernando Agirre, a pesar de ser de su misma ideología, tuvo que amonestarle públicamente y con dureza desde el altar un domingo en misa mayor.
Cuando se dejaron de oír los cañonazos y la presencia de la aviación no era tan constante, oíamos a los mayores preguntarse con amargura si en aquellas circunstancias de destrucción, luto, carencia de medios económicos, etc. podría tener la juventud arrestos, valentía para casarse, para tomar una decisión tan trascendental de formar una familia...
Y me viene a la cabeza la afirmación con la que iniciaba este artículo: "No hay guerra que inmovilice a la naturaleza, porque la vida siempre es más fuerte". Tal vez, una conflagración atómica mundial… ¡que Dios nos libre de algo así, y también de las otras! ¡De todas!
* Es presidente de honor de Sabino Arana Fundazioa. |
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