yA están aquí. En el buzón, en los carteles, en la plaza, en el mercado… Y si alguien intenta hacerse el distraído, ya acudirá algún coche con megafonía a recordarnos que estamos en campaña electoral. Quizá sea esa presencia constante durante quince días la que lleva a algunos a referirse a las campañas electorales con una cierta mueca de disgusto. Los partidos y coaliciones, sin embargo, entran en ellas con el impulso y la vitalidad de quien siempre vuelve a empezar, como si encontraran en la campaña electoral el elixir de la eterna juventud. Y no digamos los candidatos y candidatas que, impecables hasta el llamado "día de reflexión", en el que se nos presentan con chándal y ojeras (sospecho que por conseguir una última presencia más en los medios), se aprestan cada día de campaña a dar cuenta de una agenda interminable de actos, saludos, intervenciones y sonrisas.
Aunque sólo sea por el esfuerzo que ponen, admitamos que las campañas tampoco están tan mal. Y admitamos, también, nuestra intervención en la campaña, cuando en el trabajo o en el bar, en el paseo o en el frontón, discutimos sobre las últimas declaraciones de no sé quién, criticamos el eslogan de tal o cual partido, o incluso intentamos convencer a amigos y familiares del voto a una candidatura. Esta intervención nuestra en la campaña, que puede parecer modesta al lado del tiempo y el dinero que invierten los partidos, es muchas veces más eficaz que el mejor discurso de campaña.
Por otro lado, es un hecho conocido que las campañas electorales apenas sirven para cambiar el voto de la ciudadanía. Lo que ocurre es que ese pequeño margen de electores que puede decidir el voto durante la campaña puede resultar determinante en el resultado final. Y, al mismo tiempo, la campaña electoral sirve sobre todo al objeto de movilizar al electorado, no tanto para convencer a los que no te apoyan sino para convencer a los que te apoyan de que efectivamente vayan a votarte. Eso explica la importancia que los partidos conceden a las campañas electorales, y el ruido que se genera alrededor de ellas, aunque es verdad que algunos excesos son innecesarios.
Por último, ésta no es una campaña electoral más. Al tratarse de elecciones municipales, es casi como si tuviéramos una campaña electoral particular en cada pueblo. Sin embargo, el ruido de esas campañas locales palidece al lado de la importancia que en este caso tiene para el voto de la ciudadanía la valoración de la gestión pasada. Además, en nuestra situación política actual, las elecciones locales no pueden abstraerse del debate político general, sobre el que también se proyecta la campaña de las elecciones a Juntas Generales y al Parlamento navarro, que concitarán muchos más focos que las candidaturas locales. Pero, sobre todo, ni estas elecciones ni estas campañas podrán abstraerse de un clima político dominado por grandes temas como son los efectos perversos de la Ley de Partidos, la pacificación y la normalización del país, y -en última instancia- los cambios y las incertidumbres sobre la política de alianzas para el día después. No echemos pues en saco roto la campaña electoral. En dos semanas esas caras que nos miran sabrán si mereció la pena. |