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Un dilema para Benedicto XVI
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Gabriel Mª Otalora
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la estancia de Benedicto XVI en Brasil no va a pasar desapercibida. Al hilo de su visita pastoral, me parece necesario recordar que el vínculo de las primeras comunidades cristianas se basaba en la fraternidad y en practicar (no sólo predicar) la misma fe en todas partes. Los que tenían responsabilidades no se consideraban una autoridad sobre nadie, sino servidores. Sólo cuando la Iglesia se va institucionalizando por razón de su crecimiento es cuando se acrecientan los conflictos; algo parecido pueden sentir hoy muchas personas en América Latina.
Aquella Iglesia primitiva tan cercana en el tiempo a la vida de Jesús tenía atractivo, y su estilo de vida parecía una Buena Noticia. Era una Iglesia con una vivencia comunitaria por encima de las dificultades propias de la diversidad cultural y de las sensibilidades teológicas diferentes e inevitables. Igual que entonces, muchas comunidades tratan de repetir semejante experiencia desde el coraje de su fe.
Los incipientes pasos cristianos a partir de la Pascua de Resurrección fueron recogidos en los Hechos de los Apóstoles (un texto lucano que bien podría llamarse el quinto Evangelio) cuyo protagonista es el Espíritu Santo. En este libro se detallan las vivencias y los primeros testimonios cristianos de la Iglesia que nos indican el modelo a seguir y la experiencia en la que todos deberíamos mirarnos como misioneros en su sentido más puro de continuadores de la Misión.
Jesús acogió, perdonó, denunció pero no impuso nada como lo atestigua su muerte en la cruz. Sin embargo, a veces somos los que borramos la mejor cara de Dios en lugar de ser los instrumentos de Dios. Frente a la abundancia de quejas y autocompasiones por la persecución encubierta que los católicos decimos sufrir por amor a Cristo, es cosa que puede ser cierta en Brasil, en América Latina y en el Tercer Mundo en general, pero no vale para nuestro mundo opulento. Aquí viven muy bien los mismos que en tiempos de Cristo se sintieron molestos y furiosos con su mensaje y con su ejemplo.
Los católicos de los países ricos damos la impresión de no desear cambios sino la prolongación de lo que tenemos. Los cristianos del bienestar no paramos de hablar de los pobres y actuar a favor de los ricos, aunque nadie va a cambiar si no cambiamos nosotros primero desde una fe regalada que hace preguntas y reclama respuestas.
No son los medios de comunicación, ni los poderes fácticos, ni los malos oficiales los principales culpables del descrédito de los cristianos ni de la constante sangría de creyentes, en Occidente. Nos bastamos nosotros solos para ponérselo a güevo a los que pretenden vaciar el Mensaje o se sienten defraudados por nuestra falta de esperanza, humildad y misericordia, y de valor para adaptarnos a los tiempos manteniendo lo esencial: el corazón dispuesto a seguir amando al hermano.
Sin acogida y misericordia, sin ofrecernos a aliviar ¡y no poner! cruces a los demás, mostramos una inconsecuencia que a tantos empuja a abrazar mil placebos, como el de las sectas en Brasil. Sin la denuncia de las injusticias ni la implicación con los excluidos (bienaventuranzas), no esperemos cambios, porque nunca seremos creíbles. Ese ved cómo se aman es el único reclamo eficaz para remover las conciencias. Es la gran enseñanza de los Hechos de los Apóstoles que, desde sus primeros pasos, tuvieron que convivir su contemplación en la acción con el conformismo de la dictadura de los preceptos y las condenas encarnada en el judaísmo.
Siempre ha sido así la obra de Jesucristo, desde que empezó, jalonada de miserias y ejemplos maravillosos de hombres y mujeres imperfectos caminando en zigzag, en medio de un gran dilema: cuando interpelan desde el ejemplo de la verdad, viene la persecución; y cuando se hacen fuertes desde el poder mundano, se prostituyen.
Ante semejante dilema en medio de los profundos cambios actuales, Benedicto XVI debe saber mejor que nadie el calado de lo que nos dijo el Maestro: a vino nuevo, no valen odres viejos; y en ello se afanaron aquellas incipientes comunidades cristianas… |
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