LAS sonrisas de los niños de la guerra se mantienen intactas hoy. Las de las niñas, también. Aquella infancia, sin embargo, les marcó de por vida. Se llaman Txomin, Jose, Bene, Vicente... Todos debieron huir de sus casas en aquella guerra que se llamó civil y tan política fue. Unos conocieron el éxodo exterior. Salieron con lo puesto hacia Francia, Gran Bretaña o la hoy jubilada URSS. Otros, se vieron obligados al éxodo interior, al de Bizkaia, o al de llorar por dentro, como se quiera interpretar. El zornotzarra Jose Etxanojauregi con 16 años se exilió con los suyos en Burtzeña; el bilbaino Vicente Cañadas llegó a Londres.
Setenta años después, por suerte, ambos sonríen. Aquellas niñas y niños hoy son abuelos de la guerra. Dieciséis de ellos de Bizkaia están ilusionados con volver, viajar esta vez por decisión propia a Gran Bretaña. Volar para agradecer aquella recepción que los ingleses dieron a 3.800 vascos, que se dice pronto, y en aquellos tiempos. ¿Acogería hoy Euskal Herria a cuatro mil ingleses?
Reflexiones aparte, la asociación Basque Children of 37 de Southampton recibirá con honores en la Universidad de la ciudad a la comitiva vasca el 26 de mayo. Los protagonistas se sienten decepcionados porque los medios de comunicación no dan a conocer la noticia: "Dicen que no tienen sitio para nosotros por las elecciones", se lamentó una mujer. Setenta años después vuelven a estar en la sombra para algunos. El que trabaja callando pero sin pausa es el pasionista Gregorio Arrien, persona clave de la cultura euskaldun y que ha organizado la exposición en la que se dieron cita ayer estos evacuados. Arrien ha escrito apasionadamente del exilio recogiendo una vez más la voz de aquellas niñas y niños que hoy vemos en fotos en el centro Zelaieta y escuchamos con voces octogenarias. Gracias a él, el visitante puede conocer el incendio que asoló Zornotza y testimonios curiosos como el recordado ayer por Txomin Euba. Antes, una frase de Cañadas: "Lo peor de la guerra fue el regreso". Los exiliados se encontraban con familiares o amigos muertos, hogares destrozados u ocupados. "Volvíamos a nuestra tierra invadida por los que nos habían sacado de ella", analizaba ayer aquel niño que zarpó de Inglaterra.
Aunque Txomin y su familia se refugiaron en Lemoa, su regreso tampoco fue fácil. Los requetés les obligaron a demostrar que aquella casa a la que volvían era suya. Sin embargo, el perro del caserío les brindó la mejor bienvenida. Gracias a aquellos lametazos, los nacionales les devolvieron su vida. |