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Elogio de la equidistancia
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Alberto Gartzia Garmendia
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corren tiempos de buenos y malos. De indios y vaqueros. De conmigo o contra mí. De blanco o negro. De radicales y demócratas. Tiempos en los que más allá del discurso maniqueo, sólo hay abismo.
A pesar de ello, o quizás precisamente por eso, hoy más que nunca siento la irrefrenable necesidad de alzar la voz para defender a esa vieja indefensa y malparada que es la equidistancia.
Yo creo en ella. Pese a su mala reputación, creo en ella. Es más: la defiendo. La defiendo ante quienes la confunden falazmente con la mezquina homologación de víctimas y verdugos, cuando en realidad no es más que honrada simetría ética entre víctimas oficiales de la violencia reconocida y víctimas reconocibles de la violencia de oficio.
Y la defiendo porque sabe escuchar lo mismo la palabra del hijo de un general asesinado por ETA que el testimonio de la huérfana de un médico abertzale tiroteado en su consulta. Porque le conmueve con idéntica sinceridad la mirada de la viuda de un concejal del PP acribillado en un bar de la Parte Vieja donostiarra y la de la compañera de un diputado de HB abatido a balazos en un hotel de Madrid.
Llámenme raro, si quieren. Pero he de confesar que, cada día que pasa, me siento más lejano de homenajes de vía estrecha, a uno y otro lado de la trinchera, que no entienden de otro dolor que no sea el propio. Y, al mismo tiempo, me siento también cada vez más equidistantemente próximo ante cualquier sufrimiento.
Recientemente visitó Euskadi Pilar Manjón, una víctima que ha tenido que enfrentarse primero a la pérdida de un hijo, muerto a manos del fanatismo integrista, y luego a las infamias vertidas desde las cloacas donde habita la carroña neofranquista.
Y habló Manjón con el coraje y la dignidad de siempre. El valor y la entereza que la han convertido en una mujer que, como la verdad, como la propia equidistancia, en ocasiones, las más de las veces, resulta muy incómoda. Por ejemplo, cuando denuncia la manipulación de las víctimas, práctica nauseabunda y que, lamentablemente, tampoco entiende de bandos. O cuando afirma que ser víctima no otorga más razón a quien desgraciadamente sufre esa condición.
Recuerdo que en cierta ocasión, un destacado personaje público de este país que ha hecho de la búsqueda de la paz su particular Grial, preguntó a una persona amenazada por ETA lo siguiente: "¿Puedo ser solidario contigo sin tener que comulgar con tus ideas?".
No hubo respuesta. Yo sólo les propongo el ejercicio intelectual de formular la misma pregunta pero imaginando en este caso que el destinatario es alguien que ha padecido la otra violencia. Hagan la prueba y verán.
También yo me pregunto, y lo hago a menudo, hasta cuándo estaremos dando vueltas a esta noria infernal. Me pregunto si llegará por fin un día en que ninguna víctima sea invisible.
Ningún muerto, vejado. Ningún sufrimiento, menospreciado. Ningún perdón, obviado. Ningún derecho, vulnerado. Ningún pueblo, amordazado. Si ustedes lo saben, no duden en llamarme.
* Es periodista.
"Cada día que pasa, me siento más lejano de homenajes de vía estrecha, a ambos lados de la trinchera"
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"Ser víctima no otorga más razón a quien desgraciadamente sufre esa condición" |
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