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Joaquín Achúcarro. Foto:archivo |
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concierto > euskalduna
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Joaquín Achúcarro, en la cumbre del arte
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J.a.z
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La extraordinaria interpretación de Joaquín Achúcarro de dos obras pianístico-orquestales en el programa de abono n. 15 de la BOS produjo las más estruendosas ovaciones de un público que el jueves abarrotó el Euskalduna. Se trataba del anual "concierto a la carta" en la que los abonados han participado con su elección de obras.
Achúcarro muestra hoy una fuerza juvenil tanto en su potencia y técnica física como en su pasión artística, valores encajados en una profunda inmersión musical propia de una lúcida madurez. Las dos obras interpretadas por él en este concierto pertenecen a dos estilos distintos y sin embargo el artista se adentró perfectamente en ambas. A todo ello hay que sumar la estrecha vinculación del maestro Mena con el solista, con el resultado de dos hermosas interpretaciones. En las Variaciones sinfónicas para piano y orquesta, de César Franck, el piano estuvo muy bien afincado en el personal estilo postromántico del autor, con suma claridad en los momentos más complejos, así como con una definidísima interpretación de los pasajes más poéticos, en los que Achúcarro recrea con el más delicado y sereno fraseo melódico y la mejor emisión de las diversas y cuidadas líneas acompañantes la rica escritura del autor. En la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rachmaninoff, el claro dominio virtuosístico de las sumamente exigentes variaciones de la obra conecta con el asimismo deslumbrante vigor orquestal impuesto por el autor y muy bien mostrado por la BOS, lo que requiere que el piano contacte su inmensa labor "personal" con su convivencia con la poderosa compañía orquestal. La función de Achúcarro fue asombrosa, tanto por su habilidad virtuosística como por el carácter dado a la obra. La BOS actuó con brillantez en El cazador maldito, donde Franck impone una línea de metal realmente esplendorosa alternada con páginas donde el carácter de la obra se lanza a otras latitudes, lo que Juanjo Mena llevó de forma magnífica. El color vivo replandeció al final del concierto, en el Capricho español, de Rimsky-Korsakoff. Pero lo más notable de toda la función fue la extraordinaria actuación de Joaquín Achúcarro. |
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