Una campaña sin promesas es una cerveza sin alcohol, un completo absurdo, un oxímoron manifiesto. Una baldosa rota sin un Basagoiti denunciando la dejadez de Azkuna. Un beso sin lengua. Al pueblo le gusta el despliegue de promesas como la pelea de mozas en el barro, a sabiendas de que nada es lo que es y lo que mola es lo que parece. O sea el teatro. Y sucede algo extraño: tenemos memoria pero no nos vengamos de los políticos desmemoriados. A finales de 1978 Felipe González afirmó que estaba "categóricamente contra la entrada en la OTAN porque nada, absolutamente nada, obtendría España de provechoso". Tres años más tarde reiteró que "sacaría a España de la OTAN", y en 1983, magistral voltereta, expresó su confianza en que "los españoles vean las ventajas de la OTAN, pues debemos estar dentro de ese pacto militar". Un cachondo, aquel Felipe, y un cachondo este sistema que jamás exige cuentas al amnésico.
Pasado al ecuador toca recapitular. Hemos oído que habrá metro en Rekalde, vivienda para los jóvenes, aparcamientos en los barrios periféricos, cine a un euro para los viejos, derribo de la entrada de Sabino Arana, mano dura contra los manguis, autobuses lanzadera, más centros de día y que, en fin, no habrá peajes en la A-8. El alcalde incluso ha ofrecido una ristra de morcillas para la caravana cartelista. Por si acaso nadie ha osado prometer ligoteo para todo el paisanaje y clases gratuitas de baile para los menores de sesenta y cinco años, que uno va por Mazarredo y se advierten las carencias. El cazador local tiene menos ritmo que Mazinger Z. Debería aprender de los jubilados del Txitxarrillo de la Casilla, sea en pasodoble, sea en reguetón.
Un refrán judío reza que uno es dueño de sus palabras hasta que las suelta, pues entonces es esclavo de ellas. En 1932 un diputado conservador se quejó en el Parlamento de la situación agraria y añadió: "Para demostrar que es una ruina yo cedo mis tierras de Salamanca a quien las quiera". Y un avispado socialista gritó: "¡Yo!". El dadivoso le auguró un negocio catastrófico y el listo respondió que de acuerdo, pero que constara la promesa en el diario de sesiones. Luego en los pasillos le pidió cita para acudir al notario y escriturar la cesión, a lo que el primero replicó que no fuera inocente, que de eso nada. El asunto llegó a los tribunales y la suerte sonrió al mentiroso prometedor. ¡Menudo susto!, pensó, y ese mismo susto se merecen ciertos candidatos actuales. Y es que el 28 quizás nos dé por recordar lo que hoy prometen. Así que tomen nota como la tomamos nosotros. |