GEORGES Remi, el dibujante belga que pasaría a la historia como Hergé no encontró la fuente de la eterna juventud, pero sí lo hizo su personaje más famoso, un infalible reportero inmune al paso de los años. Su inmutable y tupido mechón rubio le ha valido a su autor el aliento que mantiene su nombre en boga cien años después de su nacimiento. Ayer fue la fecha señalada para su centenario y los nítidos trazos de Hergé y la imaginación desde la que fraguó sus personajes siguen inspirando elucubraciones y teorías, defensores y retractores, impulsores de la leyenda negra que el autor no ha podido sacudirse del todo. Acusado de antisemita y colaborador del régimen nazi por publicar su viñetas en el diario Le Soir, afín a la causa del nacional socialismo durante la ocupación alemana de Bélgica, el ilustrador convivió siempre con la sospecha.
Ajenos a estudios y disquisiciones se encuentran los innumerables fans del precursor de la llamada escuela de la línea clara (ligne claire), definida por el uso de trazos gruesos, colores fuertes y fondos realistas. Las aventuras del periodista de los bombachos acompañado por su inseparable Milú y el expresivo y borrachín capitán Haddock, siempre a vueltas con los rayos y centellas, sigue levantando pasiones. Puestos a sumar adeptos ha reclutado para su causa el talento de dos cineastas de peso. Steven Spielberg y Peter Jackson han visto el filón y han decidido ayudar a Tintín a dar el salto del papel a la gran pantalla.
Tintín en el país de los soviets comenzaría un completo itinerario que llevaría a sus dos protagonistas a los rincones más diversos, convirtiéndolos en testigos de los grandes acontecimientos de un convulso siglo XX.
Ni siquiera la luna planteó problemas para un viajero sediento de aventuras y que animaría veintitrés historietas que Hergé publicó entre 1992 y 1976.
Quizá después de vivir una crisis en los años cuarenta del pasado siglo durante la cual se sintió tentado a abandonar definitivamente sus dibujos, el artista desarrolló una debilidad por el psicoanálisis, buscando en sus trazos la explicación de su personalidad. El propio Hergé definiría a Tintín como su alter ego, expresión de su deseo de ser un héroe, un hombre perfecto, eternamente joven, infatigable y libre. Inmune a la depresión y a los enamoramientos, poseedor del antídoto contra el sufrimiento, curado de espantos, hambre o cansancio, el cándido personaje no lleva dinero en los bolsillos, ni falta que le hace.
Aliado con un estilo definido que daría a sus viñetas un sello inconfundible, Hergé puso el mismo empeño en los dibujos que en la letra, enriqueciendo a sus invenciones con un discurso propio. Así, no sólo su forma de vestir o sus rasgos físicos definirían la personalidad de sus creaciones, sino también el lenguaje que utilizaban para expresarse. El florido vocabulario del capitán Haddock, compañero de bonanzas de los protagonistas desde El cangrejo de las pinpinzas de oro, sirve como ejemplo de su adicción a las páginas del diccionario.
Su inseparable botella de whisky regaba sus múltiples “rayos y centellas”, marca de una lengua inclinada a los insultos más sonoros.
“Archipámpano”, “ganapanes”, “nictálopes” y otras lindezas indescifrables acompañan a un personaje que desde su primera aparición se convirtió en irremplazable.
Los kilómetros recorridos por Tintín ayudarían a su autor a modificar el fondo y el tono de sus viñetas iniciales ayudando a su pluma a dibujar historias más abiertas a la contaminación de otras culturas. Desde la primera aventura en tierras soviéticas, ideada por “un belga nutrido de prejuicios”, admitiendo las palabras de su autor, hasta la inconclusa Tintín y el arte alfa, Hergé se retroalimentó de su propia evolución para sacudirse la influencia de su cerrada educación católica.
Acusado de racista, burgués, colonialista y misógino renuente a dibujar personajes femeninos, Hergé ha logrado desafiar al olvido sumando suficientes tintinófilos como para hacer callar la voz de los tintinófobos, disponiéndose a celebrar su centenario por todo lo alto.