IGUAL es que no me enterado. Han pasado cinco días y aún no ha llegado a mis ojos ni a mis oídos la condena correspondiente. El domingo un político y el Diputado General de Bizkaia fueron insultados, zarandeados y casi agredidos en la última edición del Ibilaldia, en Balmaseda, y tal vez, repito, es que no me he empapado de la pública denuncia de la Federación de Ikastolas. Ya me puede disculpar si ha montado una rueda de prensa para rechazar con rotundidad la actitud de los insultadores, zarandeadores y casi agresores. Ustedes también perdonen mi ignorancia.
Yo no dudo que los organizadores del evento -del Ibilaldia, quiero decir, no de la emboscada- trataran de evitar el ataque. Y no dudo que sufrieran un profundo disgusto por la encerrona. Y no dudo que aún les dure el cabreo porque su trabajo de todo un año lo afeen las imágenes de un altercado paleolítico. Y no dudo, créanme, que más de un padre, madre, alumno y profesor del pueblo haya manifestado a los suyos su hartazgo ante este tipo de movidas. Y no dudo, por último, que los promotores del acto -del Ibilaldia, quiero decir, no de la cacería- hayan expresado en privado su disgusto a los insultados, zarandeados y casi agredidos.
Lo que ocurre es que no basta. Habitamos un país en el que una parte importante de la clase política se ausenta ya de ciertas fiestas porque a nadie le gusta pasar un mal rato. La lista de apestados es muy amplia, y el daño que se les hace a ellos no es el único: con su obligada ausencia o conflictiva presencia también se daña a la fiesta y a la causa que en ella se reivindica. A mí me encantaría que la Federación de Ikastolas llamara a todos los medios y condenara el insulto, el zarandeo y la casi agresión llevada a cabo en su Día Grande, pero me gustaría más estar mal informado y aceptar mi yerro. O sea, saber que ya lo ha hecho y asumir que a veces vivo en las nubes. |