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Un hombre se inyecta una dosis de heroína por las venas de la mano. |
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Media vida atrapada por la heroína
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Dos toxicómanos del parque de Los Hermanos de Barakaldo han contado a DEIA, desde el anonimato, su experiencia con la droga y cómo les ha influido en sus vidas.
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Aitor Alonso
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YO empecé a meterme heroína con 15 años. La probé, me gustó y a los 16 ya estaba enganchado". Javier -nombre ficticio- tiene ahora 40 y una cara que delata los estragos de su enfermedad. En la actualidad trata de minimizar su adicción con la metadona, aunque él reconoce que sigue inyectándose, pero "mucho menos". Javier es uno de los toxicómanos que casi todos los días se reúne en el parque de Los Hermanos de Barakaldo.
La droga ha marcado el ritmo de su vida. También la de Txema -otro nombre inventado-, que a sus 39 años, ha pasado un cuarto de siglo con una jeringuilla en el brazo. En su caso, entró en ese mundo a los 14 años porque a comienzos de la década de los 80 "los porretas que disfrutaban de un mayor estatus eran los que tomaban heroína".
Ambos pertenecen a la misma generación; la que vio llegar esta droga a Ezkerraldea al tiempo que se expandía como la pólvora la cultura punk, de la que eran fieles devotos. A pesar de la crisis industrial, no tuvieron problemas de paro. Javier fue peón especialista en numerosas obras fuertes tanto dentro como fuera de Euskadi. Txema conoció los rigores de Altos Hornos de Vizcaya y tras su cierre pasó por diversas contratas. Trabajaron hasta que su adicción les obligó a abandonar la actividad. Desde entonces, cualquier negocio ha resultado bueno con tal de conseguir algo de dinero para la dosis diaria.
Txema aún tiene fresco en la mente el palo de 6.000 euros que hace años le dio a Tabacalera y que se fundió en droga. "Tenía el código de varios estancos y llamé para hacer un pedido de cajetillas de tabaco que me entregaron pensando que era el dueño. Al día siguiente me quité de encima todo el dinero", rememora. Este baracaldés también ha ejercido de camello desde los 19 años para subsistir.
Reconocen que al comienzo disfrutaban pinchándose heroína "porque era de buena calidad y te relajaba, te hacía sentir bien". Ahora, sin embargo, aseguran que la sustancia que adquieren "lo único que hace es quitarnos el mono psicológico que tenemos porque sensaciones ya no produce ninguna". Javier posee en su historial varios intentos de desenganche, pero él mismo reconoce que nunca fue capaz de aguantar "más de dos meses".
Ahora que ha bajado el pistón se acuerda de tiempos pasados en los que se metía "mucha droga" y acababa tirado en la calle con sobredosis. "Luego despertaba en la cama del hospital sin saber dónde estaba", recuerda mientras apura un trago de cerveza. Muchas personas le salvaron la vida en esos momentos difíciles llevándole hasta un centro médico. Pero también él se convirtió en héroe anónimo una noche en la que tuvo que "hacer el boca a boca" y correr "casi un kilómetro" para encontrar una cabina desde la que avisar a los servicios de urgencias de que un amigo había quedado inconsciente por la heroína. Y afirma, con gesto torcido, que en el camino ha visto morir a "muchos chavales".
Txema tampoco se ha librado de los sinsabores de la droga. Recuerda que una sobredosis le mantuvo cinco días en coma en el hospital, aunque eso no es lo más grave. Tantos años de drogadicción han provocado que los virus hayan tomado su pequeño cuerpo y ahora es portador de la hepatitis B, la hepatitis C y "creo que también del VIH".
Casi todos los días se reúnen en el parque, donde se han convertido en el centro de atención de miles de baracaldeses. Javier se siente "molesto" y critica que se les trate como a unos delincuentes. "Ayudamos a un anciano que le dio un síncope en verano y a una señora a la que robaron la cartera por el método del tirón", finaliza Txema. |
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