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Jugadores y técnico del Milan, con Paolo Maldini situado justo detrás del trofeo, posan tras la conquista de su séptimo título de la Champions. foto: afp |
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Milan 2 - Liverpool 1
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El Milan consuma su 'vendetta'
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El conjunto 'rossonero' cierra la herida de estambul al vengarse del liverpool en una final menos brillante y donde decidió el 'pippo' Inzaghi.
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Pako Ruiz
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El Milan consumó ayer su vendetta. Era su obsesión desde el 25 de mayo de 2005, cuando perdió en Estambul una final increíble. Esperaba la noche de ayer como una deuda que tenía que saldar. El destino le había propiciado reencontrarse con su verdugo dos años después en Atenas, en el mismísimo Olimpo. Un tiempo cortísimo. Nunca una final de Champions se había reeditado en tan escaso intervalo. Por eso entrañaba más morbo. El Liverpool también tenía su obsesión. Ponerse a la altura de aquel equipo red mítico dirigido por Bob Paisley que conquistó dos títulos consecutivos de la Copa de Europa, 1997 y 1978. Uno de los dos tenía que sonreír. El otro, lamentar. El Milan se llevó la gloria con su séptima corona en la octava final que disputa desde 1989. Un dato de enorme grandeza.
La final de Estambul era el referente. Sólo habían pasado dos años, por lo que los recuerdos se mantenían muy frescos en ambos lados. Pero éstos se esfumaron pronto. El partido no tuvo nada que ver con lo que ocurrió en el Estadio Atatürk. Allí fue puro frenesí desde que Maldini, quien ayer adquirió su quinto título de Champions, marcara al primer minuto. Aquella fue una final atípica. Ayer fue más lógica. Más acorde a una final de Champions. Más táctica. Más rácana, en fin. Ayer la ley del fútbol italiano volvió a ser mortal. El Milan recurrió a ella. Surgió en uno de esos momentos que tradicionalmente la hace cruel. A falta de un minuto para el descanso. De los que se denominan como gol psicológico. Pippo Inzaghi, un delantero acostumbrado a vivir en los barrios bajos de la delantera, lo firmó. De una forma absurda, de rebote, en un lanzamiento de falta de Pirlo. El gol dejó malherido al Liverpool. El Milan, con pocos alardes. Pero fiel a la ley italiana. Llegar y golpear.
Los reds fueron superiores, por lo menos a los puntos si de un combate de boxeo se tratara, hasta ese minuto 44. Los de Rafa Benítez expusieron más que los rossoneri. No mucho más, pero sí lo suficiente para mandar. Pennant, la apuesta del técnico madrileño en detrimento de un punta, se convirtió en su mejor arma ofensiva por banda derecha, junto a un Gerrard siempre intimidante y a un Xabi Alonso que, tras su suplencia en la vuelta de las semifinales ante el Chelsea, ejerció de jefe de operaciones. El tolosarra daba la salida al balón y demostró su clase. Pennant, el propio Xabi Alonso y Kuyt sobresaltaron a Dida, pero no con el acierto necesario como para marcar. Fue el inicio de sus males. Perdonar.
El Milan ofrecía poco. Muy poco. Nada que ver con el Milan que se exhibió frente al Manchester en San Siro. El que dicen que es el menos equipo italiano dejó en mal lugar a los defensores de esa etiqueta. Los de Carlo Ancelotti se mostraron italianos en su más pura esencia. Quizá para evitar el desastre de Estambul. Quizá porque es la mejor forma de ganar una Champions. Kaká, su figura y referente del fútbol creativo, apenas apareció. Seedorf, tampoco. Su defensa era el mejor arma. Nesta y Maldini, sencillamente. Y Gattuso, el destinado a acaparar casi todo el trabajo sucio.
en el terreno 'rossonero' El Milan llegó al descanso con un premio injusto. Pero tenía el partido donde más le gusta. Con el marcador a favor. Le tocaba gestionar y en esa faceta es todo un maestro. Se ve fuerte cuando manda. Al Liverpool le tocaba, en cambio, arriesgar. Como ya ocurriera en Estambul, aunque en aquella ocasión fuera a la desesperada con un 0-3 en contra. Pero el Milan se había curado en salud. No se podía permitir el lujo de vivir otro fiasco.
La segunda jugada clave llegó a los 62 minutos. Gerrard, el capitán, tuvo el empate en sus manos tras un error de Gattuso. El Milan da pocas concesiones y si la desaprovechas... El boss del Liverpool la desaprovechó al no triunfar su mano a mano con Dida. El Liverpool lo siguió intentando. Benítez recurrió al gigante Crouch para intentar encontrar una vía de agua en la defensa rossonera. Pero ésta no se produjo. Es más, se dio una acción muy repetida con un grande italiano por medio. Kaká, en su aportación más brillante, ofreció un pase de lujo para que Inzaghi, el Pippo otra vez, firmara el segundo. La vendetta ya estaba servida, aunque Kuyt pusiera algo de inquietud. |
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