APARECIERON en vehículos todoterreno, con las luces de emergencia girando alocadamente al son de La cabalgata de las Valquirias. Antes de que los camiones se detuvieran, saltaron de ellos y tomaron posiciones varias compañías del tercer batallón de Contratas motorizadas. Doce minutos después, media docena de grúas municipales había despejado la zona de vehículos aparcados y de jubilados que iban a por el pan.
Al mando estaba un aparejador de cuatro estrellas, experto en derribo y desescombro y condecorado por su heroísmo en las trincheras de Abandoibarra. Echó un vistazo al mapa de operaciones y ordenó un ataque por sorpresa con dos retroexcavadoras asistidas en todo momento por camiones de grava, mientras la infantería realizaba una maniobra envolvente con picos y palas. La operación, ejecutada con precisión napoleónica, culminó con la acción conjunta de una asfaltadora de última generación y de una apisonadora de reemplazo. La zanja, con la que los vecinos habíamos convivido cuatro años, era historia.
Algunos no pudieron contener las lágrimas. ¡Qué lejos quedaba aquel asfaltado de las últimas elecciones! Apenas duró una semana, porque vinieron los de Euskaltel y volvieron a poner el barrio patas arriba para instalar la fibra óptica.
Existe una leyenda urbana que habla de un sistema informático municipal que racionaliza las obras, es decir, que cuando se destripa una calzada hay que avisar a todas las empresas que tengan previsto taladrar la zona. Pero el ordenador o el que lo controla deben estar colgados, porque el sector ha sido socavado sucesivamente por los de Telefónica, el Consorcio de Aguas, Iberdrola, Bilbogas y de nuevo el Consorcio porque había empalmado el tubo de saneamiento con el de Telefónica (o al menos eso dice el del bar). Se harán una idea si les digo que antes la calle principal se llamaba Víctor Hugo, pero ahora la conocen como Batalla de Verdún.
El último surco no se sabe para qué lo abrieron, creo que fue por inercia. El de la excavadora se puso a trabajar un viernes a última ahora y ya no ha vuelto. Eso fue hace seis meses. Quizás pensó que alguien aprovecharía el agujero para algo y no le dio más importancia.
Con el tiempo, los vecinos se acostumbraron a la zanja. Un jubilado cubrió parte con un plástico y se hizo un invernadero; otro plantó champiñones bajo las planchas de acero que la cubrían (la pasarela de Serra la llamamos); y había una propuesta para convertirla en una piscina olímpica de 70 metros de largo por uno de ancho para este verano. Pero no va a poder ser.
Ahora sólo nos queda esperar a que vengan a poner la fuente con chorrito, como han hecho en la Plaza de Campuzano, y si tiene un elefante en todo lo alto que eche el agua por la trompa, mejor que mejor. Total, para lo que va a durar... |