MI madre, como madre, se lamenta de que siempre esté metido en líos porque, según ella, no sé decir que no. Mi abuela, más abuela, se reía de mi capacidad innata, decía ella, para meterme en todos los charcos. Y lo cierto es que fueron ellos, nuestros padres, quienes, imbuidos del catolicismo comprometido de la HOAC, nos inculcaron que debíamos interesarnos por todo lo humano, y que la salvación (solución) de cualquier situación, o era colectiva o no era salvación.
Así que cuando me propusieron escribir estos comentarios electorales (un viernes por la tarde, a punto de salir de viaje) no supe decir que no y aquí estoy. Mi madre, que tan sólo puede leer la letra grande, los atesora, y compra más ejemplares para mandar a las tías (yo se los mando a mis hijos). Mis amigos me coñean y me dan ideas, que agradezco y que, gracias a la por otra parte afortunada brevedad de esta campaña, no podré desarrollar. Pero los políticos, esos seres tan sensibles a la prensa, que no a la opinión pública, sino a la que se publica, ya me han inquirido, de mejor o peor manera, según sus talantes, por aquello de: ¿Tú que quieres?
Y se lo voy a decir. Yo lo que quiero es que nos dejen divertirnos. Ya salió, dirá algún candidato todavía subyugado por la moral reformista luterana y su subsiguiente contrarreforma, aquélla que "destronó a los santos en el cielo, para abolir sus fiestas en la tierra" (en palabras de Paul Lafargue, en El Derecho a la Pereza), y que, fiel a su idolatría por la férrea ley de la máxima producción, impuso la exaltación del hombre como ser trabajador y pensador racional, despreciando sus capacidades festivas e imaginativas, que, paradójicamente, son las que determinan la especial singularidad del ser humano. Las máquinas superan, día a día, nuestra capacidad de trabajo y cálculo racional, pero son incapaces de celebrar ni un triste cumpleaños.
Erasmo, Spinoza y Nietzsche, que es quien más deplora su desaparición, nos hablan de la importancia del espíritu festivo para garantizar la supervivencia del ser humano como tal. Y el teólogo Harvey Cox (en Las fiestas de locos) poniendo como ejemplo lo ocurrido con el imperio romano, nos advierte de las funestas consecuencias sociales que tiene el desarraigo del pasado y la pérdida de esperanza en el futuro, a que nos conduce el debilitamiento de los rituales, jolgorios y aspiraciones visionarias.
Para conservar la vitalidad de nuestra sociedad necesitamos mantener el espíritu festivo, y eso no se consigue montando espectáculos al estilo del pan y circo, sino facilitando cauces de participación activa y lúdica, tal y como lo preconizaba el gran estadista Jovellanos, que en el siglo XVIII, refiriéndose a las gentes de estas nuestras tierras, escribía con admiración: "Este pueblo no ha menester que lo diviertan, sino tan sólo que le dejen divertirse". Y de ello es de lo que depende nuestro futuro. |